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Dossier de Bioy Casares y Silvina Ocampo a Manuel Lozano

                     "(...) Muy pocos críticos han indagado  la influencia de la fotografía en la obra de Bioy Casares y de Silvina Ocampo. Desde “La Invención de Morel”, “Plan de Evasión” y los relatos de “La Trama Celeste” hasta “Historias Desaforadas”, pasando por el ineludible “La aventura de un fotógrafo en La Plata” -uno de sus libros predilectos, según me confió una tarde de 1988-, la resignificación de la imagen y la representación de la realidad se enriquecen junto a las enérgicas (pero casi invisibles) sombras de pensadores leídos y estudiados por ambos: los empiristas ingleses del siglo XVIII, en especial Hume y Berkeley, Shopenhauer, Blanqui, Dunne, Francis Galton, entre otros.

 

                     En el caso personal de Silvina Ocampo, su afición y deslumbramiento por la fotografía provenían de su oficio de pintora: estudió en París, durante los 20´s, con Giorgio de Chirico y Léger. Recuerdo una tarde del otoño de 1989 (casi otoño, mediados de marzo), en el que compartí un paseo con ellos por la plazoleta San Martín de Tours, ubicada enfrente de su casa, y nos sentamos a charlar debajo de los gomeros centenarios. Silvina traía, casi a escondidas, una pequeña valijita de color verde grisáceo. Al final del encuentro, la abrió, no sin disimulada ansiedad,  y comenzó a mostrarme fotografías tomadas por ella y por Bioy  a una cantidad increíble de personajes: Mastronardi, Horacio Rega Molina, José Bianco, Borges, Victoria y Angélica Ocampo. En algunas de ellas, Silvina se había recortado o borrado con ácido. Es conocida su aversión por el rostro y sus metamorfosis, que ella sentía a veces como un objeto intolerable y atroz. Esa tarde me mostró una deslumbrante toma de Wilcock, un perfil armonioso y ambiguo, como un rostro de Cimabue o del Giotto.

 

 

                    En Bioy, la fotografía era una pasión equiparable al amor o a la literatura, una forma de felicidad en este mundo. "La aventura de un fotógrafo en La Plata”, más allá de los avatares incidentales o de los rasgos propios de una mera comedia de enredos, es una metáfora del hombre de letras y un homenaje a la fotografía. ¿No seremos acaso otro Nicolasito extraviado en la complejidad de la urbe, emblema (a su vez) del universo? La historia del mundo es una historia de impresiones. El objetivo fotográfico crea el mundo de Nicolasito , lo crea pero también lo fulmina.  De manera análoga, puede leerse “La Invención de Morel."

 

 

(Fragmento del ensayo "Para una nueva teoría del retrato: La seducción Bioy Casares-Dabove", de Manuel Lozano, Proa, Bs. As., 1999.)

 

 

 

                     Este "dossier" de fotos hecho a Manuel Lozano, surgió como una idea de Silvina Ocampo, quien se la sugirió de inmediato a Bioy Casares. Las experimentaciones fotográficas ni eran nuevas ni azarosas para ellos: recordamos la cara de Bioy  superpuesta a la de Borges, buscando ese tercer hombre aristotélico. 

             Silvina y Adolfo compartieron casi todas las sucesivas "tomas" a Lozano en espacios disímiles de esta Buenos Aires proteica.

 

 

 

   

 

 

 

 

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