Más que a los lamentadores,
rasgado res de vestiduras,
y rechinado res de dientes,
valoran -según creo-
a ese infeliz
que pesca de la peluca al que se ahoga
o que por hambre se deleita
con sus propias agujetas.
De la cintura hacia arriba, pechera y aspiraciones,
más abajo, un ratón aterrado
en las piernas del pantalón.
Eso sÃ
que debe hacerles mucha gracia.
En una persecución en cÃrculo
el que persigue se convierte en perseguido.
La luz en el túnel
resulta ser el ojo de un tigre.
Cien catástrofes
son cien divertidas cabriolas
al borde de cien precipicios.
Si existen los ángeles .
deberÃa -espero-
llegar a convencerlos
esa hilaridad que se alimenta del espanto,
sin siquiera gritar ¡socorro!,
porque todo sucede en silencio.
Me atrevo a suponer
que aplauden con las alas
y de sus ojos brotan lágrimas
cuando menos de risa.