TIGRIS O EL INCENDIO DE UNA PUESTA DE SOL

 
a Edith Sitwell, por el oro de sangre


Y entonces vuelven los oscuros en el alba del grito.
La boca se cierra para guardar esta pepita ígnea del misterio,
la pequeña caldera que raspo y lamo
con la sangre desnuda nacida en el final
tan sólo por celebración de mis dioses.
¿Y el álgebra de pestes crujiendo en la memoria?
Ulises anhela desiertos que no puede soñar.
La sombra eléctrica de Artaud
vaga por inmensos pabellones de un hospital de huérfanos.
Apenas empuja el biombo de la vigilia más cruel,
Billie Holiday bendice la vida con su boca de magnolia negra.
¿Lo sabían los pájaros?
Chet Baker -un arcángel- vuelve a caer sobre cráteres
para robar el éxtasis cautivo de estos corazones.
Aquí caer es sumergirse en su vuelo.
-Ellos se mueven-, dirá.
¿Son maniquíes patinando entre las hebras de la carnicería?
Detrás de los huesos oyes el río, oyes la falsa tempestad
porque el recuerdo será siempre tu hijo asesino,
saqueador sin piedad de la escritura.
Aguas de lo imposible, crematorio del fuego,
aguárdenme para entender el voraz alumbramiento.
Un solo rostro vacío ha nacido en la tribu.
El viento arrastra aromas del Paraíso.
¿Lo sabía tu nombre desde el fulgor de cenizas
ardiendo entre los charcos del cofre monstruoso?
Hay que decir los pétalos llagados:
el grito reluce con el oro de su profanación.
Detrás del vaho hay oráculos perdidos, hay cavidades,
un Narciso enlazado a un anciano que es Modigliani,
el desierto suntuoso que musica o estraga.
Tal vez un último sol caiga sobre ellos
como el ciclón de langostas en el viejo castigo.
Se abre la jaula.
Este era el oro que nos prometían.
¿No ves cómo sube la mancha por el cuerpo?
Sube al acecho.
¡Sube hasta los ojos que vieron el brillo y la sed!
Sube y me da a luz.
Y entonces vuelven los oscuros en el alba del grito.



Manuel Lozano
Buenos Aires, julio de 2006

(De "La Noche Desnuda de Rostro Ciego")

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