Llego desde la
lluvia del regocijo al mundo de traidores.
Duele mi herida de Caín
aun cuando entrego mi casa, mi manto blasfemado
y el pan que estaba en el principio.
¿Cómo lamer en los contornos del cielo de su sangre?
¿Por qué la travesía?
¿En qué ápice vertiginoso
unirás por fin las soledades que han sido y serán
como hierba sacrificada al viento?
Nada heredamos de este lado.
No te acuestes
ni te goces siquiera por la herida.
Velarás sobre la incertidumbre que falsea
al coronado de lastimaduras.
De suavísima semilla cavas temblor
para transfigurarte de nuevo.
¿Acaso no pronunciaste en plena oscuridad
el sembrador es el que siembra la palabra?
Viviente, séaslo.
El martillo duele puñal de éxtasis.
Mutilado y león, séanlo.
Dije la sombra de las palabras del Reino,
porque una boca humana sólo puede decir sombras.
Bebí la maravilla, bebí el horror.
El espíritu me impulsó al desierto
y comí de langostas y mieles blanquísimas,
clamando a viva voz por su presencia.
¡El descarnado golpea en la renuncia!
¡Quema!
Ahora espero la profanación de esta piel
-inmunda superficie, cárcel saqueada-
como el gadareno llamado Legión
porque era muchos.
Las barcas pasan de una orilla a la otra.
El sacrificio es la ley.
Sube el olor a carne quemada.
Que sople la piedad entre los cuervos.
Manuel Lozano
Buenos Aires, 25 de abril de 2007
(Este texto inauguró la edición de "El Oro de los Tigres
-Comunicación de Autor-", del 26-IV-2007 -
www.elorodelostigres.com.ar ) |