Después de dibujarlo con el signo de tierra
en esa piel que no lavó su herida,
volvió la imagen como cruel, insidiosa.
Siempre despidiéndose,
estaba despidiéndose de los objetos del mundo
y tantas veces, ángel carnívoro.
(Esta agua sería néctar para mí,
sería para mí la misma vida, sueña el anciano).
Y un céfiro infernal no lo predice
cuando gime la sangre sin orillas.
¿Cómo habrán pasado el amor y sus enfermedades,
las generaciones de anémonas creciendo en el polo del cielo,
todos los girasoles, todos los Vestigios de Luna
y hasta el alma?
Has visto la cara secreta, el negro anillo en la mano gastada,
una choza perdida entre el deseo y los álamos.
Lo acercaba a la oscura vastedad
un milagro puntiagudo en la boca.
¿Cuándo entrar en este dédalo:
esta fiesta de la muerte incrustada en los huesos?
Y he de preguntar por los peces y la arena del tormento,
por la infinita memoria de las nubes,
por el asesino que sospechas detrás de unos ojos,
por el maniático jugando con autómatas en el fin del imperio,
por el atavío con que será juzgado el heredero inútil,
por la amarilla vejez sentada con la noche.
Fingido cuerpo, infusión que no se sacia,
brazos que se buscan dentro de paredes temblorosas,
¿pero cómo vencer al despojo con la vida?
¿Falta más cadáver aquí, más odio?
Ya no esperes el canto del ruiseñor
en esta muerte que nada va a salvar.
La veladora guarda, no reposa.
No escucho más que el agua, Señora de los espectros.
¡No lamo más que el agua, Purísima de las ciénagas!
¿Qué haría sin tus lenguas de espejos encontrándose?
¿Y qué de la infatuación y la ponzoña de los otros?
(Una jaula no alimenta tu hambre.)
Raspo el ruego, raspo el juego.
Aspiro la gota de sangre en mi costado.
Manuel Lozano
Buenos Aires, junio de 2009
(Este poema inauguró la edición de "El Oro de los Tigres -Comunicación de Autor", del 11-VI-2009)