Con raíces antiguas, con elementales raíces
del fuego, del barro, del aire y de las aguas
es como llego a este cuerpo.
Una cobra es un grito.
Una cobra es Amandla.
Una cobra viene del desierto
que albergaba tus selvas,
apenas y aún más y tan cerca del océano.
Me amparan los jardines
y una puerta se abre.
La procesante vela por mi noche.
Silabea la ceguedad
que canta con el dolor naciendo del principio.
¡Te amparan los jardines, trompeta!
¿Y esta plenitud de los tiempos:
blanca y líquida coronación?
Nacías a la herida
donde crecen hierbas raras,
enloquecidos jinetes sobre un abismo
que es galaxia y fuga.
La risa inextinguible de tus muertes
palpita su ternura,
el lánguido orgullo
curvado de la desgracia.
Nómade en vuelo.
Geometría estallando
como un papiro en fuego tenebrante.
La araña se convierte en avispa;
la avispa en orquídea;
la orquídea en el dios que no cesa de abrumar
con la devota luz de su éxtasis.
Ese éxtasis está labrándome el infierno
múltiple, candente y feraz
donde Cristo bebe
la lepra arboreciendo de Sade.
El niño-fábula esquiva el río
(luto entre las manos.)
El niño-fábula te sumerge.
Ahora inhalas cada infierno de tu cielo, trompeta.
¿Hay tantos arcoiris como observadores?
Entonces,
¿qué era ese entonces
más que la escalera donde entrabas
al instante iluminado: la travesía?
Sólo te he dado hilachas de diamante.
Manuel Lozano,
Mónaco, fines de junio de 2009
(Este poema inauguró la edición de "El Oro de los Tigres -Comunicación de Autor-", del 13-VIII-2009)