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Ya es muy tarde para
olvidar a la nada:
los muchachos
infantiles colman tu cuerpo.
Hay una
desembocadura en el sollozo
de una piel más
hirviente que la arena
donde el bailarín de
las alcantarillas
muerde una fruta
roja llena de larvas.
Ninguno lo atesora
ni entre árboles
dorados para la exasperación
de una dicha
cubierta aún por telarañas,
o en el ojo
enardecido del guardián de palacio.
¿Adónde estremecen
el blanco de la fábula yacente,
la hija ardida con
su feto a cuestas,
el muñeco roto con
su cara de hombre, arrinconado
con señales por el
que no entiende
que esta tierra es
una furia y un límite?
Los amantes recorren
los muelles del emperador.
El despreciado
devora su navaja
como comprendiendo
el mundo en un instante.
Una loca asesina sus
hilachas
en trozos calientes
para perros de presa.
¿De dónde saciarán
el hambre llegada del desierto?
¿Pero qué velo se
rasgó de arriba abajo?
Un idioma de la
farsa, una verdadera oscuridad
en que se borran la
sangre y mi carne peregrina,
me hace oír la voz.
Descendí.
En el almud está el
secreto.
Su rostro aletargado
simula
la incontable
interrupción de las máscaras.
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¿Quién empieza a
decir por el huerto en ruinas
el cuento partido
por su boca?
¿Cómo se atraganta
de tanto decirse
contra el muro
amarrado junto al trueno?
Miente la niebla
sobre la ciudad caníbal.
Los hombres son de
harina pútrida
debajo de estas
nubes y el sol tenebroso.
Reconocía la
profanación de los dones.
En mi mismo cuerpo
los convoco ahora
para que nunca
crezcan, para que no lloren
sobre el dulce
estrangulado.
Talía gime por su
boca de gárgola.
Así la historia
nacía del sediento
-escrita por
equivocación entre brasas de la fiesta-
y retornaba como
botín a los criados.
¿Qué seré yo,
sustancia ardiendo,
apagándome en tus
aguas lustrales?
¿Quiénes ellos de
tan blancos
como los ojos de un
muerto en la leyenda?
Siempre habré de
morir en el pasado.
En ese ignoto lugar
alzaré otro vuelo
con la semilla
estéril de la transformación.
Solamente recorría
los huesos musgosos
de quienes me poseen
en el polvo de mármol
de estas ruinas
deslumbrantes.
La cicatriz cenagal
abarca un rostro anciano
que olvidó al efebo
ascendiendo la noche.
Ha borrado las
señales últimas
de esta coronación
que no vuelve,
que no puede volver,
que no debe volver.
Talía se sorprende.
¿No fue ése el
principio de la piedra inaugural:
flotar entre una
espuma de cadáveres flotantes
/de los que nada
queda,
salvo el espesor y
el reflejo?
Antes que túnel
mordido por el viento,
fueron hienas
mojadas taladrando las puertas
con mi sangre más
honda, insoluble,
en el tiempo de ira.
Ahora son escombros,
ahuecados escombros
desde el viejo
mirador de la llanura
hasta el recoveco
atroz del laberinto de aguas
que nadie vio.
¿Regresarán por mí
desde el sepulcro
socavando a la
distancia esta tierra de víboras?
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Es doble el aguijón,
alto el incendio.
En el trazo del día
aparece el rostro múltiple.
Un hermoso animal,
una hermosa criatura
atravesando luego
del tiempo su abandono,
deja de excavar el
mundo en un relámpago.
¿Ninguna expiación
para el ungido?
¿Otro grito
reclamando por el vasto,
cómplice sendero de
la araña?
¡Fuera las tinieblas
de esta casa inmunda!
Un árbol desgajado
se hunde en el río
y no pregunta.
El ultraje de verme
hasta en la sombra
clausura el asedio
de las muchedumbres
en un grano de sal
petrificada.
En la hora en que el
mutismo es bello como un crimen,
exploro las huellas
de las repeticiones.
Así la gran hoguera
invade los patios,
las puertas
laterales, el jardín envilecido por la queja,
al trasluz mi
fábrica de incertidumbres,
cada máscara de piel
humana,
el cielo como un
pozo alabando al caído.
Han perdido el
salobre canto de la esfinge.
En este horno
intangible se revuelcan los espejos,
se enarbolan -Oh,
antiguos- flameando en el bosque.
¿Qué defiende al
agredido de las hordas de satisfechos
con monedas de oro
bajo la hierba?
Asustado país en
duelo,
había que correr
desesperante hasta acabar
con la ofrenda, con
el soplo.
¿Por qué llegarían
en el carromato que no habito
desde mi garganta
heredera al secreto?
Estremézcanme.
Que sea el que parte
y no regresa a este reino
a lavar la inmunda
flor de la memoria.
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Me prosternan sin
luz
en el mismo
escenario donde dije la luz
y su palabra oculta.
Desfilan los que
fueron, los que fui
entre el cimiento
calcáreo de un corazón leproso
barrido por la
brizna.
Con un solo bostezo
incrustan en la historia
/su cuna mortal
para un testigo
silencioso, irremediable.
Y están la
diferencia, el error, y el levísimo aroma
de una ternura
enterrada hace siglos.
Ese lugar nunca
existe.
Se afincaron a mi
sed y yo los bebo.
El hermoso demudado
pasa en medio de su cuerpo,
el disputador
reconoce en el alma a su enemiga,
el residente bravío
de una estación de trenes
/consuma el
sacrificio,
el viejo fabulador
amenaza palabras
como carbones
encendidos arrojados al mar,
el erasta toca los
cabellos del niño,
el mendigo sudoroso
grita en plena calle su aversión
por los hombres y
los pájaros,
el sepulturero
robará un anillo manchado con pus,
el débil deambula
por la calle
acaso buscando un
refugio para afirmarse en la nada,
columpio de la
tierra.
Pero también quedan
los otros,
el rencoroso inútil
despeñándose a la carnicería
/de su
estirpe,
el criador de
alimañas,
el desaprensivo que
ruega demasiado tarde,
el mercader
libidinoso sobre un cuerpo deseado,
el más ruín,
el hijo con su
legado escalofriante,
el escritor
crucificándose a palabras inauditas
en el pequeño trozo
de papel,
el afiebrado en
alta noche de miserias,
el indulgente,
el que dirije mis
pasos a la tempestad,
el obstinado a
vivir, una y otra vez, el miedo,
el amante con las
piernas abiertas,
el lúgubre en la
taberna silenciosa,
el que con graznidos
me oye y me acompaña,
el desahuciado
fascinante.
Antes del alba, con
increíble imperfección,
los reconozco y los
olvido.
Manuel Lozano
Londres, invierno de
1996
(Estos poemas,
pertenecientes al libro "Bizancio bajo las aguas", son
rigurosamente inéditos y, como tales, se hallan registrados en
el Registro Nacional de Derecho de Autor.)
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