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Porque desde el
porvenir te marcaban un destino.
Porque en la
tierra hubo carne de memoria.
Porque el viento
sucede.
Porque este cráter
de hilos negros
organiza un teatro
para vaciar los corazones.
Porque en el grito
adivino el exorcismo de la lluvia.
Porque la fiebre y
el trueno
pertenecen al
reino de la maravilla.
Porque el colibrí
es una eucaristía de plumas.
Porque de mí mismo
y del otro
transfiguro la sal
desnuda que vendrá
desde lo alto.
Porque una
telaraña en un palacio
es también tu
dédalo.
Porque dondequiera
que vayas
atarás el rugido
al gemido,
pantomimas del
cuerpo.
Porque apagarás la
vela del simulacro.
Porque apagarás la
vela de toda certeza.
Porque me alumbran
los detritus de la jungla;
me conjuran a ser,
me sobreviven.
Porque
desesperarás gangrena tras la palabra.
Porque el juego
-perfectísimo objeto indestructible-
labra una
encendida aventura de suprimir el tiempo,
quiero decir de
suprimirnos.
Porque el
peregrino descubre un trapecista
coronado de
espinas en cada nacimiento.
Porque en un
intersticio calumniado palpo la música.
Porque la furia y
la fiesta habrán de unirse
alguna vez en el
éxtasis.
Porque un violín
vela la muerte
de los recién
llegados.
Porque lloras
sobre tu cadáver
y no hay
cerraduras.
Porque los ojos
ven en los ojos
la historia
natural de la herida.
Porque sólo hay
puertas para entrar.
En el mismo
jardín, impuro y fascinante,
cumples el rito de
pronunciar:
El espíritu es un
tigre clavado en cada corazón.
Sus primeras
palabras siguen siendo
Hágase la luz.
Manuel
Lozano
Buenos Aires, 3 de
mayo de 2007
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