ESPLENDOR DE UN VIAJE A TRAVES DEL ESTIGMA

 

      El mismo Espíritu pide por nosotros
con gemidos innenarrables.
Romanos, VIII, 26
Para Jeannette Lozano Clariond
I
 
 
Engendrado en la noche del silencio, allí estabas,
certísimamente rabioso de luz
no sin la ablución del fuego lustral
ofrecida en el viento.
¿Te recuestas en el sicomoro
como quien bebe lluvia de muerte blasfemada?
Entre la confidencia de una espada de azucenas
y el ulular de la mosca en el miedo,
una lágrima sala la herida con despojos.
¡Ella es la que tiembla envuelta en llamas,
la patinadora al amanecer, deshabitándonos!
 
 
II
 
 
Todo lo que despertaba junto al muro
silba feral en su río.
Estas aguas aúllan,
aúllan y aúllan y aúllan por revelación,
hierven en la heroica fauna por venir
el diminuto corazón de un ciervo en niebla.
¿Es que callas?
¿Es posible callar entre los hilos?
¿Quién se filtraría -así- en el remanso?
 
 
III
 
 
Bajarás con gemido inenarrable
donde hubiste subido.
Teñida en sangre, empapada con el aire que murmura y desclava,
cuánto dolor amaestrado, qué olfato vivífico
para los posesos.
 
 
IV
 
 
Verlo estremecido, desatado como el día de la anunciación,
yo sé que siempre me escuchas.
Taimado, perverso, sigiloso,
muerdes en mí la tela del delirio.
El testigo insomne devorará a tus hijastros
en el gran festín de la llaga.
¿Adónde irán, por Dios, esas lenguas?
Un baile de difuntos
interpreta un santuario en el centro del bosque.
Que se derrame la figura sin visión.
Que el ingénito sostenga tu terror carcomido
hasta donde ni siquiera.
 
 
Manuel Lozano
Buenos Aires, mayo-junio de 2007
 
 

(Este texto inauguró
"El Oro de los Tigres -Comunicación de Autor-", correspondiente al 7-VI-2007)

Volver

 

 

Copyright © 2006-2013 EL ORO DE LOS TIGRES