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I
Engendrado en la
noche del silencio, allí estabas,
certísimamente
rabioso de luz
no sin la ablución
del fuego lustral
ofrecida en el
viento.
¿Te recuestas en
el sicomoro
como quien bebe
lluvia de muerte blasfemada?
Entre la
confidencia de una espada de azucenas
y el ulular de la
mosca en el miedo,
una lágrima sala
la herida con despojos.
¡Ella es la que
tiembla envuelta en llamas,
la patinadora al
amanecer, deshabitándonos!
II
Todo lo que
despertaba junto al muro
silba feral en su
río.
Estas aguas
aúllan,
aúllan y aúllan y
aúllan por revelación,
hierven en la
heroica fauna por venir
el diminuto
corazón de un ciervo en niebla.
¿Es que callas?
¿Es posible callar
entre los hilos?
¿Quién se
filtraría -así- en el remanso?
III
Bajarás con gemido
inenarrable
donde hubiste
subido.
Teñida en sangre,
empapada con el aire que murmura y desclava,
cuánto dolor
amaestrado, qué olfato vivífico
para los posesos.
IV
Verlo estremecido,
desatado como el día de la anunciación,
yo sé que siempre
me escuchas.
Taimado, perverso,
sigiloso,
muerdes en mí la
tela del delirio.
El testigo insomne
devorará a tus hijastros
en el gran festín
de la llaga.
¿Adónde irán, por
Dios, esas lenguas?
Un baile de
difuntos
interpreta un
santuario en el centro del bosque.
Que se derrame la
figura sin visión.
Que el ingénito
sostenga tu terror carcomido
hasta donde ni
siquiera.
Manuel Lozano
Buenos Aires,
mayo-junio de 2007
(Este texto
inauguró "El Oro de los Tigres -Comunicación de
Autor-", correspondiente al 7-VI-2007) |