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Hablabas de la emoción. Tan
desgarrado por las dinastías del enigma, juntabas los
desperdicios sublimes que el sol nace y descubre al contraluz
de la pérdida, otra pérdida.
Era el pensar. Era toda la profanación de tus años como un
crimen movible: hembra y macho incrustándose en la forma de un
niño hasta comerlo. Era un emperador lunar en la soledad de
los prostíbulos. Eran los perros carniceros que persiguen mis
huellas. Era el hermafrodita llevado en su carroza y adorado
como un dios musical. Era Miguel Angel, poeta, crispando tus
yertas flores de áloe. Era mi abuela -la tigra- bebiendo las
aguas lilas del suicidio. Era Leonardo, fijando para siempre
el rostro del Nazareno y el de medusa. Era el abrirse de
una raíz en la tumba de Apolonio de Tyana. Era el fósforo, la
cal, el desaliento. ¿La indeclinable larva de las vírgenes?
Escribo sobre la emoción con cuchillos envenenados. Pasa
una muchedumbre junto a las alcantarillas. Mírame. Incluso la
lluvia puede parecer una fiesta.
Manuel Lozano
París,
noviembre de 2003
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