Vuelvo a la cena de cenizas donde las comensales se duermen con
la última cara inmune a los presagios. Todo fue visto desde
antes de la luz, desde Bet-el, desde el hueco. ¿Qué manantial de
tus llagas esfuerza el poderío y alcanza el ánima amadora en lo
terrible?
Esplendor aun en los alambres. La noche de verano danza sin
fisura en las migas de un plato ya caído al borde de este velo,
fiebre talada. Un aire de Verlaine hace brillar los objetos que
bendigo. Habiendo llegado, para conmover la sangre debo hundirme
en las raíces de una piel que tiembla. El grito tiembla -lo
susurras y lo palpas-, tiembla con las chinches del reino de lo
umbrío, con sus sepultureros, con la mancha de humo tan rojo
deslizándose a la fiesta.
¿Y es sacratísimo el frío de las zanjas, donde trasvaso y
repliego para ovillar tu gesto del principio? Alguien nace del
corazón de la lluvia y pregunta entre las lápidas. "-¿Qué fue de
éste y aquél y sus industrias de musgo viejo y arrabal hermoso?"
"Alfiler en la grieta, ceniza que se enfría."
Llórame en la lluvia el pequeño asesinato de mi hijastra que es
mi madre. Entonces su calavera duerme con un lobo hecho de
telarañas en mitad del desierto, pero la reina está asilada en
los ojos. De las borras del antiguo salto viene la depredación y
la dicha: estrujada desnudez viviendo lo que de muerte sabes
hasta alcanzar el hambre carnicera, cantadora. ¿Desierto en
hueco? ¿Thebaida en palabras, sumergida con palabras hacia el
jardín anterior a la palabra y su fuego descendente?
Nombro las promesas del misterio. Así, locamente remonto las
selvas de esta voz que labra voces en la alianza de la herida y
el trueno. Son los disfraces arrancados a las tenues quemaduras
del infierno por pudor. Lo que derramas es cuchillo. Hilos de
apariencia sobre un sortilegio alumbran desde abajo.
¿Serás transfigurada a la obediencia en el fondo del iris
imantado de una tigra? Díganme el murmullo escandaloso que
hierve bajo la mordedura de la arena.
Hablamos de Babel antes de la confusión y las pestes. Hablamos
de los ríos separados (al fin) por el viento venerable. Hablamos
de una lúcida criatura nacida de su caliente sed en enigma.
Hablamos de un dios blasfemo que anida en las cortezas de razón.
Hablamos de lo visible, es decir el absorto, el inmundo, el
implacable. Pero no, él no escribió en alabastro estas palabras.
En las cáscaras de niebla que va dejando la plegaria nos
murmura: Lo que les digo en la oscuridad, díganlo ustedes a la
luz del día; y lo que les digo en secreto, grítenlo desde las
azoteas de sus casas.
Arrojarás la sal en el vértigo. Magnífica pedigüena en el cráter
del vuelo, hija de la enguantada aventura de rozar lo
inamovible, comerás de tu máscara de enjambre, ya que la
aparición sucede siempre por delante del gozo.
Manuel Lozano
Villa Santa Lucía de Syracusa, febrero de 2007
(Del libro "La Rueca Dorada"
Este texto inauguró "El Oro de los Tigres -Comunicación de
Autor", correspondiente al 15-II-2007 |