De esta caverna no
podría salir sin aullar con grito de recién nacido la rota
sangre del sobreviviente. Hubo en la arena una señal, pero no la
recuerdo. ¿Qué nos prometían? Saliva y soplo. ¿Quién jugaba a
ser guardián en las tocinerías de la herencia? Una ebria de
huesos con boca de perra acostándose en la casa que hoy te
seduce.
Me vestiste con terciopelos arrancados a la cabeza en fragua de
un altar. Te sometieron escarchas, rotando entre la carne y las
pezuñas de tus crías. ¡Y por qué tienes que amaestrar -por
delante de la niebla- al pasajero que proclama su trono!
Kfar Kanna oculta en una mano para tu idolatría. Abrirás los
tinglados con la expiación que deja siempre una huella. Y abajo
el huracán de frío donde oler el infierno.
Envuelta en talismanes, la fiebre. ¿Vendrías con la inicial
enlutada a leer en el espejo enterrado? Kfar Kanna rueda en
desperdicios una feria en suspenso. La herida se carcome hacia
la noche. ¿Por qué nos condenaron a tragar la miseria debajo de
los astros? La miseria. Las vísceras. El liquen. (Las tres
lastimadoras de la última puerta.)
Nada turbe el prodigio que me pides, que me descrees, que llevas
adherido como un pan de sangre al manicomio del recuerdo. Jesús
a oscuras decapita la noche. ¡Estoy triste hasta la muerte!
Biombos de falso esplendor esconden la savia de los abatidos.
Disperso en oro ceniciento hay un cristal con que transfigurar
la pelambre. El ávido golpea dondequiera que esté. Quiere
borrajear el simulacro de un animal perfecto.
Manuel Lozano
Villa Santa Lucía de Syracusa, agosto/2006 |