FERNAND KHNOPFF ACARICIA UNA ESFINGE

 
De esta caverna no podría salir sin aullar con grito de recién nacido la rota sangre del sobreviviente. Hubo en la arena una señal, pero no la recuerdo. ¿Qué nos prometían? Saliva y soplo. ¿Quién jugaba a ser guardián en las tocinerías de la herencia? Una ebria de huesos con boca de perra acostándose en la casa que hoy te seduce.


Me vestiste con terciopelos arrancados a la cabeza en fragua de un altar. Te sometieron escarchas, rotando entre la carne y las pezuñas de tus crías. ¡Y por qué tienes que amaestrar -por delante de la niebla- al pasajero que proclama su trono!
Kfar Kanna oculta en una mano para tu idolatría. Abrirás los tinglados con la expiación que deja siempre una huella. Y abajo el huracán de frío donde oler el infierno.


Envuelta en talismanes, la fiebre. ¿Vendrías con la inicial enlutada a leer en el espejo enterrado? Kfar Kanna rueda en desperdicios una feria en suspenso. La herida se carcome hacia la noche. ¿Por qué nos condenaron a tragar la miseria debajo de los astros? La miseria. Las vísceras. El liquen. (Las tres lastimadoras de la última puerta.)


Nada turbe el prodigio que me pides, que me descrees, que llevas adherido como un pan de sangre al manicomio del recuerdo. Jesús a oscuras decapita la noche. ¡Estoy triste hasta la muerte! Biombos de falso esplendor esconden la savia de los abatidos.


Disperso en oro ceniciento hay un cristal con que transfigurar la pelambre. El ávido golpea dondequiera que esté. Quiere borrajear el simulacro de un animal perfecto.



Manuel Lozano

Villa Santa Lucía de Syracusa, agosto/2006

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