ICONOSTACIO

 

Para Jaime Siles, por las columnas musicantes del vértigo

Aullabas de no ver con la boca.
Sobre los reinos del amor lastimado
tendías la sábana invocada por la noche,
la que no cesa.
Era el viento entre las piedras.
Caudaloso, caudaloso,
¿cómo llegabas entonces de la lluvia?
La bienaventuranza bajo el ala del mirlo
crucifica la sed,
derrite en las manos del solo
toda interseción y la danza.
Liturgia donde hubo otros que soy yo
enarbolan el otro Magnificat de corazón abierto.
Sangre vertílega del toro va crispándose en los huesos.
¿Y la flecha que cura largamente?
 Libre comunión tan ciega del samaritano,
 no enterrarás esta brújula.
Tuya es la posesión del agua,
cumplida en gracia desde el día primero.
¿Así reencuentras la fruta del jardín, así,
con la paciente crueldad de una tigra en la nieve?
Mansión de los días,
Señora en fuga transformada,
erial que desborda y no reposa,
vaso donde lamer la historia del principio,
lujo de exultación -pequeño lujo-,
desclavado grito en un cráter de hielo,
hijastra de dolor con atrevida boca,
pozo y azar donde beberme,
cáliz que sube sin retorno hasta nacer,
gota de ácido,
perserverado bosque de un niño que ríe,
miserable moneda arrojada en la cárcel,
espérenme, queridas criaturas.
Vuelvo como ladrón a sus terrazas.


 Manuel Lozano
 Chartres/Salamanca, julio de 2007

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