|
El doble arpón
con anzuelos ya está listo.
Brilla el
perfil, brillan las uñas, tu vestidura brilla
cuando del gran
océano nace el huevo roedor
que trina y
vuela hasta la noche.
Vístete con la
túnica de ojos, toca la tenue enredadera
creciendo en los
altares.
Ella moría de
vivir de tus profanaciones.
¿Así, volátil,
me inclinarías hacia el oleaje
de imaginación
lastimada y aprendida en el derrumbe?
Amabas la piedad
del buitre.
Amabas la piedad
chorreante del grito.
¿Pero quién
imaginó -en qué tiempo- la raíz en la gruta,
la feroz
mansedumbre que es veneno encantado
cuando llaman a
la puerta
con el golpe de
fragua insistente:
muralla debajo
de la arena?
Vístete con los
desechos.
Harías feliz a
tus padres con un cántaro de crines.
Ellos también
regresan del agua mezclada con el viento.
Esta mudanza se
consigue por un rostro de fuego, por las limaduras
de herrumbre
toda de un metal venerado,
por el latido.
No siempre te
ofrecían trampas en el mundo.
Debiste encarnar
en los inviernos
la figura de
espumas que en la espuma se ilumina
y disimula la
noche roja de mi ausencia.
Distraídamente,
el silencio se esparcía.
¿Y quién se
hunde en este filo?
Por detrás de la
rueda musical
invéntanos el
estupor de la historia,
átanos a las
tejas de la mansión susurrada
por vivos y por
muertos.
Todas las noches digo adiós
a mis súbditos
y la boca
desprende un aliento de azafrán herido:
como fragancia
en la quietud del mármol.
Antorchas,
países, procesiones, un camino de agujas,
el aullido de un
lobo en un crepúsculo de Van der Weyden,
una reja, una
hierba, un embustero,
el ocelote
dormido en el jardín de Mayáhuel,
pasarán por
estos ojos.
La espera se
empuña. Es una espada.
Salmodia un
oráculo de lámpara de aceite.
Anuncia desde
la fiebre al Hijo del Trueno.
Vístete con
traje de pelo de murciélagos.
Bebe el agua
lustral de los diamantes.
Esta progenie de
remotas lenguas
vaga con sus
hijastras de límite en límite
hasta el lugar
en que los sicomoros flamígeros
narran la
historia de un dios replegado en tu vientre.
¿Todo era aún
cuando entonces?
Oblígate a
entrar en el último e innominado.
El dios
elige como tigra de presa
su mejor
disfraz.
Manuel Lozano
Barcelona, fines de junio de 2007
-Este poema
inauguró "El Oro de los Tigres", correspondiente al 9-VIII-2007-

Ageb, dios solar
pero también la profundidad acuosa con cabeza
leonada
|