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La piedra se
incrusta como escoria en el hueso,
como resto de
tarántula en la columna rota.
Nadie puede
verla, sólo palpar sus bordes hasta el vómito.
¿No es apenas un
vidrio limpio?
¿O adónde
dejaron el jaspe, el crisolito, la esmeralda,
el zafiro, la
amatista y el ágata verde
donde hundiste
el leprosario de tu soledad?
Villiers de
I´isle Adam lo alcanzó a tientas
entre dos
pesadillas.
La visible
humanidad restalló
por un instante
en su centro,
dando a la piel
ese temblor feliz de los días.
¡La cizaña se
secó bajo la luna!
La obediencia,
la malvenida, la auroleada de piedad,
serán en la
memoria tus cómplices de cera.
Pero hay
un pasajero de las tribus, prohibido y odílico
como en el lento
atardecer de Huber von Herkomer.
Señor de estas
islas, cama de tu muerte,
enguantado
diente que llega del pasado
y muerde las
certezas,
y las agobia,
y las estalla,
¿quién ríe en el
hospital de espejos?
Álgebra o
ciénaga,
cuelgas el
hermoso desperdicio.
¿Has visto cómo
brilla aún, predestinado?
Este amuleto es
eremita
y está
perdiéndose en el desierto de todos.
Manuel Lozano
París, julio de 2007
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