a Rubén García
Cebollero
¡Los sonajeros
del dios brillan como cuchillos en estos ojos!
Duérmete niño,
duérmete ciego,
antes de que
lleguen las sumisas del relámpago
a pronunciar
el cráneo avergonzado del castigo.
Venturosa es
la prisión en que ríes:
la nieve irá
lamiendo los hierros, la red,
acerbamente
como un latido trístido
que
estremeciera en el recuerdo algún letargo.
Ruego, niño,
por tu espanto futuro.
El corazón de
espejos arde.
Ves al dolor,
la casa intrusa
donde hundirás
tus pies como raíces.
Me asombran
los deleites del agua
-flores de
alabastro ya empequeñecidas, monedas del suburbio-
corriendo
entre las tumbas,
despeñándose,
sin reconocer
a esas viejas torturadas de la noche.
Sin fin este
desprecio del será,
de una cara de
perro que pregunta y presencia
el fantasmal
laberinto de la infancia.
¿Todos corren?
¿Están dispuestas las naipes
bajo el pelaje
de un nicho en forma de paloma?
Cantarás al
despótico labriego del desencanto.
Nada se pierde
ni promete aquí
cuando los
días hunden su yeso derretido.
Duérmete
niño hasta advertir a las viudas de ojos vaciados,
las que
llegaban, las que llegarán
desde el
fondo incesante de un bosque de arena,
pero febriles
aún al delirio elemental de la serpiente.
Cerraduras y
cofradías arrojadas de cuajo
a la azotea
subterránea donde habrás de morir.
¿Por qué
tiznaban este circo
de gentes que
me miran por un caleidoscopio?
Los pastizales
han coronado el umbral.
¿Un trapecista
estudia el diseño
de un gran
salto adulador sobre el puente?
De cicatrices
te llenaban la herida.
Vistes de luto
ahora por cada nacimiento
y te recorre
una asesina savia de ladrones.
La cerbatana
de mendrugos descuartiza el instante.
Cierra al fin
estas persianas. Ya nada escuches.
Correrá sangre
en la noche orgullosa, inmolada
del rey en
el dorado festín de la jauría.
Manuel Lozano
París, 6 de julio de 2007