LATIDO EN EL MURO DE ANGKOR

 para Jeannette L. Clariond

 

 

Viento y corazón en el légamo de fiebre.
De tanta oscilación me transfiguras
junto a las sobras de una mampara caída en el festín.
¿Comí de este rayo -de esta impostura-,
me atraganté deslizándome al hielo ardiente?
Es púrpurea la danza de la tigra y nada más que en sueños
se revela contra toda ceguedad
de lo imposible.
Subiría al filo de la desnudez
en esta fábrica de volcanes diminutos,
resbalaría luego entre guijarros
en busca del temblor que llevo dentro.
(Esta barca gime desde el incendio de la especie.)
Hacia atrás
vidrían mis ojos por el duelo,
hacia atrás del áspero principio
donde acaricio la rosa vedada en Syracusa.
Ahora el sol lastima
la impúdica resurrección de la sed.
¡Que me habiten las grullas de toda transparencia!
Latido, húmedo fulgor.
¿Quién llama y llora desde el escondite?
¡Ya vuelven los sortílegos!
Es verdad que me lavé por debajo de las llagas.
Golpeé junto a los muros de la fortaleza
tan sólo para escuchar el latido amador
que espera entre los hierros.
Incurable la mirada y su verídico antifaz:
rasguña en la apariencia su retrato.
La tierra que devora (la tierra que es el tiempo),
la tierra que te desvanece
para luego subir enguantada
mide la altura de la sal en la sangre.
¡Salta de una vez, salta ahí, criatura viviente!
Yo no pude suplicar. Yo era Lázaro.
Yo hedía como un resplandor
hasta tu amparo.



Manuel Lozano
Buenos Aires, enero de 2007

(de su libro "La Rueca Dorada")

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