-Es exigua la
entrada y altas las columnas-, susurras
mientras avanzas
con tu cortejo de devoradores.
-¡La liturgia
del grito, alboréame leyenda!-, te contesto
con la mirada de
chacal que nos embebe.
Un desposorio de
madréporas cabe en estos dedos
que han visto la
sangre evanescente y todo el luto.
¿Eran suyas las caras
vaticinadas en mis manos?
¿Por qué la
oceánica fidelidad de la roca?
La invocación
es perfecta.
Un árbol
salvaje en la estación de las lluvias
anuncia con
amarillo de cadmio y sangre lila
lo que fue de
tus padres.
¡Qué
carnicería de arañas en el vasto teatro del planeta!
La oscilación
llega con su columpio roto
a mostrarme los
surtidores, estos braseros
donde encarno a
las crías de otro rey desquiciado.
Detrás hierven
ayeres
como pequeños
estigmas en el pico del buitre,
vueltos ofrenda hacia un mundo tan sucio.
En sueños
palpé los trece libros perdidos de Píndaro,
crucé exaltado
en la caliente noche un jardín de panales silvestres,
vi a Coelio
Rhodrigino escribiendo con sangre en espejos convexos
la sublime y
secreta rotación de las mónadas,
miré perplejo -a
través de mis muertes- la crucifixión de Polícrates,
con rojo disuelto en
oro del comienzo alcancé el umbral de la esfera.
Pude
transfigurarlos en la tela, pero se deshacían
como veladuras
resecas en el vientre de un dios.
Esos grabados
se han perdido en los ojos que vierten en el Ojo
los últimos
fragmentos de la reminiscencia.
Ahora son
relámpagos de llagas para la pesadilla.
Testigo de
pieles de lúgubre conciencia, hieródulo sumiso,
voy lamiendo -supliciado-
abalorios de un soplo incontenible.
La advertencia
se dibuja sobre acantilados y rocas,
y sube a pleno
sol la carne voraz de los que ayer durmieron.