Hasta la
desesperación.
Hasta la lepra del cielo.
Hasta la doncella que emplumaste
con pezuñas de carnaval.
Hasta la isla ungida con la lluvia
del origen.
Hasta el carruaje de áspero brillo
llevando una cuna
(que es, también, un ataúd para niños.)
Hasta las células de nácar,
cicatrizadoras de la madreperla.
Hasta la visión empapada en prodigios
de Sir George Ripley.
Hasta el asombro.
Hasta el pesebre tenebrante de Rubens.
Hasta la botánica entre las redes del tapiz.
Hasta la ceguez debajo de mí mismo.
Hasta costurearse un antifaz negro
de Leonor Fini por las tribus de esta brujería.
Hasta que el veneno encuentre la neblina dorada,
el firme tul del ermitaño.
Hasta la columna de sombra
en la pánica heredad del rapto.
Hasta la armónica sal violeta
-vertedora de músicas-
que diera en el silencio su despojo.
Hasta un trilobite que sea del rostro humano
la añorada reminiscencia.
Hasta un cáliz de presentimientos.
Hasta el duro detrás de cada pena.
Hasta el borde de la llaga que besaste.
Hasta la mínima piedad agigantándose en el grito.
Hasta el blanco talud del enigma.
Hasta el martirio de lastimar
a los muertos con absurdas memorias.
Hasta la carne del crimen.
Hasta esa ardiente lucidez
de enterrar la memoria cada noche.
Hasta la travesía que suplicabas a nadie,
salvo a esta madrastra inútil: la conciencia.
Hasta cuando el día no basta
con falsas bendiciones.
Hasta el corazón de Galileo
disuadido de la cruel devoción al calvario.
Hasta la seda de un traje conspirando
en la piel de una muñeca inválida.
Hasta la fauna abisal de tu crucifixión.
Hasta los matorrales que abren
la Puerta-De-Toda-Maravilla, y más allá de la entrada,
y más acá del incendio.
Hasta el subsuelo poseído del vocablo.
Hasta lo imposible.
Hasta un grabado de Cristo ya para siempre
oculto en un cedro del Líbano.
Hasta el trasluz de una neurona.
Hasta el nacimiento
del último antílope negro en el planeta.
Hasta la suave emanación de los obsesos.
Hasta el martilleo y el golpe,
y el derrumbamiento del muro.
Hasta el cráter prometido para la sed.
Hasta el gesto burlón y torrencial que alcanzaste,
brotado de gardenias,
en un rarísimo esplendor de la agonía.
Hasta cantar desangrado.
Manuel Lozano