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Flamígera,
aunque retornes a casa,
la palabra ve
mejor en el grito
sutil de la
barbarie.
¿Dadivosa y
ladrona esta sed?
Broto en imagen.
¡Yo ascendí sin
ocaso, sin oro de este mundo,
voluptuosa!
Esta lepra emana
y atrae.
No es de arcilla
mi canto.
¿Te ahogas, te
glorificas, bramas
cuando hay que
bramar
frente al vacío
teñido en sangre
de la muerte del
hombre?
Bramas porque el
pus de esta especie
te corona.
-Haz una
fiesta con mi joven cadáver- le pedías a tu madre
con el duro
desprecio al futuro insoluble.
-Fruto de tu
vientre, miel del asco, miel de nada- le pedías.
Ella cumplió.
Inmoló tu deseo tan puro
entre el ruido
de copas y los falsos augures;
te bendijo con
los trapos del disfraz
al galope
bravísimo
de un blues por
un camino de agujas.
¡Ya lo ven: no
estoy muerta, sólo misteriada
misteriándome en
esta plazuela de aldea,
perfectamente
pálida, titiritera como la bruja del cuento!
¿Qué veías antes
de ser reina
por voluntad de
tus viejos andrajos?
Me trago la
pudencia del sepulturero.
Un hambre de
ciénagas se apodera de mis huesos..
Ferocía animi
entre las piedras rotas.
Mientras tanto,
¿qué harás con el aullido
de mis perros
famélicos?
¿Y con el
zambullirme en un mar que está escapándose
como las puertas
contagiosas de la revelación?
Voy a cortar de
un tajo estas flores.
Ni redención ni
odio en la corteza
hecha según las
rotaciones del placer en la herida.
Te digo que voy
a cortar de un tajo estas flores.
¡Cuántas veces
habré ahogado a las hijas del silencio
con la cuchilla
cruel del desperdicio!
(Nervaduras
tiene esta cuchilla,
como la araña
lacerante del prodigio
alimentándose de
larvas.)
La cercanía me
anonada
y veo los
puentes como sólo un ángel
cayendo
tristísimo a su grito.
¿Y cuándo el
arcoiris por la niebla?
Bessie Smith me
mostró el aire -mirífica-
y me enseñó a
llenarlo
cuando la piel
se eriza
y el golpe final
alza su vuelo.
Manuel
Lozano |