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Porque la sed no se purifica
sino en certitud de hoguera:
la que ves dadora y terrenal
cuando clamo en el bosque.
¿Cuándo fue la aparición?
¿Que te robó de la herida
tanto escalofrío?
Profetizabas al hombre de
seis alas llenas de ojos.
Sin disimulo, carnal en la
hojarasca,
avergonzabas un cáliz de
traición, rociabas con sangre
por los sótanos perversos del
esclavo.
Ahora bien:
¿Qué indagaría la música del
rechazador de inmortalidades,
Odiseo esqueleto, Odiseo
ciénaga, Odiseo lámpara
para enrojecer la mansión
inconcebible?
Aguamiel por las frías
estepas.
Sábete que iré a llamarte con
señales
como lenguas de ácido
fingiendo cinismo,
como cuchillas del dios
payaso,
como tribulaciones que huelen
a flores de poyoma
muchísimo antes que el
corazón.
Gritabas.
Un dorado kerigma nacía del
hambre.
Gritabas como una perra.
Subías hasta las manos
espinadas
a revolcarte en luz como
aquel peregrino después del infierno.
¡Ah, la mínima distancia
entre relámpago y fiebre!
Lamías el grito: lo
profanabas.
No puedo ahora sino aguardar
el aliento
cuyo secreto nombre se ha
perdido en la tierra.
Caminé por estos ojos raíces
de talauma celeste
cuarenta días y cuarenta
noches.
¿Letárgico el mundo?
¿Letárgico ante una Aquisgrán
llena de celosías funerarias
y el pequeño y frío antílope
de jade blanco, constrictor de la imagen?
La peregrinación entra en la
fiesta.
Se abre como un torrente
tiritando esta piel tan parecida al amor
por la implacable abertura de
universo.
Manuel
Lozano |