La mujer enloquecida por la
estrella
llama a sus cabras
famélicas del hielo,
las aúlla como
quien apaga
misteriadamente los
candiles.
Ayer eran
livianos los féretros del día.
¿Pero hay un
para siempre en las pupilas de esta loba?
¿Qué brota del
incesto en las paredes y aun
en la mansión de
la orgía sin fin del desperdicio?
Ayer eran de
vidrio los leopardos
huyendo por la
muda ceguez, hilando este grito
hermafrodita y
roto en la boca del cerebro.
A prueba de
silenciadores,
el niño juega a
los dados en la arena de Abisinia:
es un Heráclito
monstruoso charlando a ciegas
con su sombra.
¿El humo sobre
el mármol?
¡Yo no sé qué
puede dolerme ya de tu dolor!
¿Cueva, exiliada
retina de la piel,
balbuceo
y amamantada lluvia en la parodia?
Me voy con esta
música
a celebrar los
mataderos del miedo.
Se oyen los
pasos, zumban
los emigrantes
de la fiesta.
(Sangre con
espinas,
pesebre en
tinieblas, robado triciclo,
oscuro carmesí
en tu ceguez.)
Adviértelo.
Ya debes
regresar con el espejo desterrado
de todo lo
sublime.
Empiezo la
crucifixión.
-Ya ves,
brillaba el ébano de mi desnuda dadivosa-.
La peste
empieza.