WOMAN IN THE WILDERNESS
La mujer enloquecida por la estrella
llama a sus cabras famélicas del hielo,
las aúlla como quien apaga
misteriadamente los candiles.
Ayer eran livianos los féretros del día.
¿Pero hay un para siempre en las pupilas de esta loba?
¿Qué brota del incesto en las paredes y aun
en la mansión de la orgía sin fin del desperdicio?
Ayer eran de vidrio los leopardos
huyendo por la muda ceguez, hilando este grito
hermafrodita y roto en la boca del cerebro.
A prueba de silenciadores,
el niño juega a los dados en la arena de Abisinia:
es un Heráclito monstruoso charlando a ciegas
con su sombra.
¿El humo sobre el mármol?
¡Yo no sé qué puede dolerme ya de tu dolor!
¿Cueva, exiliada retina de la piel,
balbuceo y amamantada lluvia en la parodia?
Me voy con esta música
a celebrar los mataderos del miedo.
Se oyen los pasos, zumban
los emigrantes de la fiesta.
(Sangre con espinas,
pesebre en tinieblas, robado triciclo,
oscuro carmesí en tu ceguez.)
Adviértelo.
Ya debes regresar con el espejo desterrado
de todo lo sublime.
Empiezo la crucifixión.
-Ya ves, brillaba el ébano de mi desnuda dadivosa-.
 
 
La peste empieza.
 
 
Manuel Lozano
 
 
Alphonse Mucha, Woman in the wilderness, óleo, 1923

 

 

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