Ha pasado el
vino más triste junto a las aguas.
¿Qué diluvio
está sangrando por el costado, mi costado,
diamante de un
silencio de hartura?
La voz sedienta
y submarina
vuelve avecinada
por las canaletas.
Sangra el
viento.
La quemadura se
estremece
apenas tiendo
estas manos como un silbido
de la ardiente
caricia.
Sangra tu
murmullo.
Casi sin aliento
la desnuda,
la hembra de
harapos, la extática sonámbula
de los
derrumbamientos.
¿Ya existes?
¿Pero no eras
musgo cuando crecía
a borbotones mi
infancia?
Ah, la carcajada
dadivosa,
el mineral de
exterminio de los magos.
El cazador no
debe estremecer:
está en el grito
el vestigio.
Presentí su
llegada desde lejos,
muy aún antañoso
y desde viejas edades.
¡La condición
humana desgarrada hasta el óxido!
Hay asfixia en
la aventura.
El cultivador de
legumbres mastica su embriaguez.
Ah, Chet de las
parodias sigilosas, del hambriento precipicio,
hoy huelo tu
perfume en la fiesta del mundo.
Manuel Lozano
Buenos Aires,
marzo de 2008
(Este poema
inauguró "El Oro de los Tigres -Comunicación de Autor", del
13-III-2008)