LA DECAPITACIÓN DE LA VIRGEN
  (...) ¿Quién es mi madre, y quiénes son mis hermanos? Y extendiendo
su mano hacia los discípulos, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos.            

                                                                                                      Mateo, XII, 48-49

 

A partir de su expulsión, los vigiladores
perdieron la palabra
y los dorados pliegues de su profecía.
La herida arde por el frío, hijo,
y estoy en el mundo.
La herida nos revela en espejo.
 
 
 
Áncora de los peligros, urna misteriada,
con dolor no se ruega;
apenas si se balbucea hacia adentro
el grito cortado de la sangre:
Y el grito nos muestra sus genealogías.
 
 
 
Cruje la lluvia en mí desde esa tarde
en que el velo del templo se rasgó de arriba abajo
como las pesadillas.
¿Me eliges, me auxilias, pruebas mi desesperación?
¿Pero quién es la más humilde de las coronadas?
 
 
 
Como un animal descarnándose,
la bolsa de huesos a tus pies.
(No hay mortajas para el dolor, no; no puede haberlas;
el joven cuerpo del hijo muere aquí su propia muerte
y soy yo la éxtatica sonámbula asediada de espinas,
y crece por la piel tristísima y violeta
el Hijo del Trueno.)
 
 
 
Alguna vez desconocí tus palabras
venidas de lo alto del Reino.
-¿Pero quién es, entoces, mi madre?- roncamente balbuceaste.
-Ellos, Nathanael, todos ellos, son mi padre y madre-, contestó
la voz que no se nombra.
 
 
 
La soledad ya es un gozo de luz
frente a la puerta estrecha.
¿Cómo podía yo saber que sería llamada
en medio de esta cueva cubierta por abrojos?
Vi el espíritu que sopla donde quiere.
Vi el espíritu que quema alrededor y por encima
y adentro del iris.
 
 
 
Desde el útero clamaste por los vivos y los muertos
con la dulcísima voz del que echa las redes
caminando sin fin sobre las aguas.
Resplandece un rostro de claustral obediencia.
La palabra taumaturga bebe de mí.
¿Era ésta la sed?
 
 
 
Me dirán la poseída, la madre de un dios inconcebible,
me escupirán en la cara,
salpicarán mis vestidos con ese limo fértil del derrumbe,
sentiré en el cráneo el fiebroso estallido del diamante
que presagia beatitud y semilla.
Ya llega en éxtasis la dormición.
¿Por qué será -me pregunto en Éfeso como ayer en Canaán-
que la lluvia se parece tanto a la música?
 
 
 
 
Manuel Lozano
Villa Santa Lucía de Syracusa, marzo de 2008
 
 
(Este poema inauguró "El Oro de los Tigres -Comunicación de Autor-", del 20-III-008)

 

 

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