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Nunca supe
custodiar esta vida
donde nací y amé y
fui desierto.
¿Desde qué oscuro
símbolo vierto
los huesos de la
fiesta corrompida?
Casa de ayer,
invitación, un grito:
no muere el
destino de esta muerte.
Hastiado de mirar
hoy vuelvo a verte
y ya me pierdo en
obstinados ritos.
Nadie acechó el
polvo separado
bajo el sol o la
luna en reflejos.
Hablaré de cuerpos
despreciados
con la fiebre
atroz que se lastima.
¡Dios mío,
vomítame este espejo!
¡Haz de mí un
corazón que nos redima!
Manuel
Lozano
Buenos Aires,
abril de 2008 |