EL QUE DURMIÓ SIN ATAVÍOS

 
Porque en parte hablamos, y en parte profetizamos.
                                                                                            I Corintios, 13:9

Guillaume d´Ockham, antes del alba,
buscaría rojas cuchillas para no nombrarse
en cápsulas de eternidad
el paso de quien tiembla,
de quien sabe temblar -es una apostasía-
con la horda de locos.
 
 
¿Qué grimorio engendras espiando por la lupa?
¿Este es el mundo de tus padres,
lo que lentamente se desnutre, frío panal
temblando en el viento?
¿Este es el tapiz, lo quemado, lo quemante,
aire contra las pupilas?
 
 
Guillaume d´Ockham fuiste muy lejos.
Volaste, rehén, en la mañana siguiente.
Carcomiste la ley, por asco y por piedad,
adonde nadie llegó.
¡Ah, el mapa del reinado
inflamándose de huellas hasta atragantarse!
 
 
 
Esto será lo que sueñas aún:
un cielo de sombras blancas y resplandecientes
para descrucificar las llagas del niño.
Quema, te entrega, se deshace entre los hierros.
 
 
Guillaume d´Ockham,
¿qué rocío de sol reemplaza al sol de tus mañanas?
Huyes acaso entre palabras (que no son ya el vocablo)
hacia el breve muladar
que oculta tu tesoro.
 
 
¿Sabes que mientras dura el disfraz, hierve la noche?
Cuelga invertido el fruto extraño.
¿Qué anuncia -aquí- en esta animalaria?
Guillaume d´Ockham, tu nombre, tu verdadero nombre,
no fue herido en el aire.
 
 
 
Manuel Lozano
 
-Este poema inauguró "El Oro de los Tigres -Comunicación de Autor-", del 8-V-2008-

 

 

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