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Guillaume d´Ockham,
antes del alba,
buscaría rojas
cuchillas para no nombrarse
en cápsulas de
eternidad
el paso de quien
tiembla,
de quien sabe
temblar -es una apostasía-
con la horda de
locos.
¿Qué grimorio engendras
espiando por la lupa?
¿Este es el mundo
de tus padres,
lo que lentamente
se desnutre, frío panal
temblando en el
viento?
¿Este es el tapiz,
lo quemado, lo quemante,
aire contra las
pupilas?
Guillaume d´Ockham
fuiste muy lejos.
Volaste, rehén, en
la mañana siguiente.
Carcomiste la ley,
por asco y por piedad,
adonde nadie
llegó.
¡Ah, el mapa del
reinado
inflamándose de
huellas hasta atragantarse!
Esto será lo que
sueñas aún:
un cielo de
sombras blancas y resplandecientes
para descrucificar
las llagas del niño.
Quema, te entrega,
se deshace entre los hierros.
Guillaume d´Ockham,
¿qué rocío de sol
reemplaza al sol de tus mañanas?
Huyes acaso entre
palabras (que no son ya el vocablo)
hacia el breve
muladar
que oculta tu
tesoro.
¿Sabes que
mientras dura el disfraz, hierve la noche?
Cuelga invertido
el fruto extraño.
¿Qué anuncia
-aquí- en esta animalaria?
Guillaume d´Ockham,
tu nombre, tu verdadero nombre,
no fue herido en
el aire.
Manuel
Lozano
-Este poema
inauguró "El Oro de los Tigres -Comunicación de Autor-", del
8-V-2008-
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