Predestinado, dios que espía por la lupa misteriada en el
tatuaje,
¿quién se
empeña en llamar?
¿Una
palabra, una huérfana, la pobrecita?
Implacable
desde el talento hasta el talento, ebrio
de
insomnio por esa tigra de sed -la imaginación-,
conspirante de juegos que suponen la parodia de otros
y, más acá
del muro,
el
vasto exilio de Aquel Titiritero
sobre las
ruinas de la Roma perpetua.
Esta
especie tantas veces miserable, ¿te sorprende?
Corriendo
entre las tumbas me extravío
transparente y sin fondo,
y es la
lluvia quien te sorprende
(mientras
preparas la cena donde inscribo
el arcano
como un
biombo encendido en el bosque.)
¿Sólo
palabras indivisas
a las
puertas de la feria?
¡Tantas
cosas, naturalmente tantas cosas
las que
donan certitud, Julio,
frente al
espanto!
Pero -ya
se sabe- tu certitud de poesía
martillea
y se expande
con la
sangre y el humo
de la
pasión que llora.
Hambre y
amor (amor y hambre)
vienen como magnolia negra de toda cercanía
cuando
escuchas a Billie y a Bird
repitiendo
-al alba- en aquel Chivilcoy
que en el
mapa de tu extremado cielo
se
encuentra tan cerca de París o Buenos Aires,
eso de T.
S. Eliot que aún me dices entre pesadillas:
I feel
like one who smiles,
and
turning shall remark,
suddenly his expression in a glass".
Cielo
extremado. Cercano espejo del corazón.
Ellos
fueron labrándose para la fiesta, la misma
que habría
de enamorarte
como un
poema de Pierre Reverdy,
como la
distante y alta voz de Elvira Ríos.
¿Y quién
dijo que en la fiesta del espejo deba huir el amor?
¿Pero
quién, quién, quién?
Que la
Maga me desmienta.
Que algún
Cronopio narre la infatuación.
El sueño
-luminar, luminar, luminar-
jamás se
termina de este lado.