PARA UN RETRATO DE JULIO CORTÁZAR

 

Predestinado, dios que espía por la lupa misteriada en el tatuaje,
¿quién se empeña en llamar?
¿Una palabra, una huérfana, la pobrecita?
Implacable desde el talento hasta el talento, ebrio
de insomnio por esa tigra de sed -la imaginación-,
conspirante de juegos que suponen la parodia de otros
y, más acá del muro,
el vasto exilio de Aquel Titiritero
sobre las ruinas de la Roma perpetua.
 
 
 
Esta especie tantas veces miserable, ¿te sorprende?
Corriendo entre las tumbas me extravío
transparente y sin fondo,
y es la lluvia quien te sorprende
(mientras preparas la cena donde inscribo
el arcano
como un biombo encendido en el bosque.)
 
 
¿Sólo palabras indivisas
a las puertas de la feria?
¡Tantas cosas, naturalmente tantas cosas
las que donan certitud, Julio,
frente al espanto!
Pero  -ya se sabe- tu certitud de poesía
martillea y se expande
con la sangre y el humo
de la pasión que llora.
 
 
Hambre y amor (amor y hambre)
vienen como magnolia negra de toda cercanía
cuando escuchas a Billie y a Bird
repitiendo -al alba- en aquel Chivilcoy
que en el mapa de tu extremado cielo
se encuentra tan cerca de París o Buenos Aires,
eso de T. S. Eliot que aún me dices entre pesadillas:
I feel like one who smiles,
and turning shall remark,
suddenly his expression in a glass".
 
 
Cielo extremado. Cercano espejo del corazón.
Ellos fueron labrándose para la fiesta, la misma
que habría de enamorarte
como un poema de Pierre Reverdy,
como la distante y alta voz de Elvira Ríos.
 
 
 
¿Y quién dijo que en la fiesta del espejo deba huir el amor?
¿Pero quién, quién, quién?
Que la Maga me desmienta.
Que algún Cronopio narre la infatuación.
El sueño -luminar, luminar, luminar-
jamás se termina de este lado.
 
 
Manuel Lozano
Madrid, julio de 2007/Buenos Aires, abril de 2008
-Este texto cerró "El Oro de los Tigres -Comunicación de Autor-", del 1-V-2008, programa dedicado a Julio Cortázar-

 

 

Copyright © 2006-2013 EL ORO DE LOS TIGRES