Sir Lawrence Alma Tadema en su infierno más oculto

 

Un manantial, en el mismísimo sentido que Mallarmé le otorgaba a esta palabra, brota y rocía de las pinturas de Sir Lawrence Alma-Tadema. Digo brota y rocía, porque, cada vez que las miramos, sentimos una especie de dulce veneno subiendo por nuestra sangre. Un decadentismo -ineluctable- que dice la verdad mintiendo, pero que es, a su vez, aquella "mentira que siempre dice la verdad", de Jean Cocteau, empapa la corteza del árbol de conocimiento.
         La obra de Alma Tadema, redescubierta por la crítica hace apenas unas décadas, nos toma de rehenes del gozo más perturbador. Como los grabados de William Blake y las figuras pérfidas (evanescentes hasta lo inexplicable) de Dante Gabriel Rossetti, se abstienen deliberadamente de la previsible síntesis. Buscan embriagar. Y lo consiguen de un modo exacto, geométrico: Así como las profecías, ella lame su infierno más oculto. Cautiva la cautividad.
 
 
 
Manuel Lozano
Buenos Aires, mayo de 2008

 

 

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