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Nunca el secreto
fue mendigo en estas posesiones,
jamás un
pordiosero enlutado como fantasma.
El dibujo del
mundo cautiva la cautividad
y abre la mazmorra
de la locura.
¿Cuándo bendijeron
el grito?
¿Desde qué
ventanas del nacimiento
hasta el vacío que
te busca
como una orquídea
semienterrada
en la amarillez
sanguínea del oro?
Porque el oro es
tu vestido,
tu aflicción, la
herida,
tu vieja
misericordia,
el celo de esta
casa.
Digo que dibujas
el rostro
como un corazón
muriente entre las muchedumbres.
¿Qué salvación?
¡Por Dios!
No encubriré con
alabanzas
las ruinas de
palacio,
el enjambre de
moscas sobre las ruinas.
El grito pastorea
-sin siervos-
la oveja de la
infatuación.
Un pequeño
leviathán está arrojando
el vino
deshecho del hijastro.
Obstinadamente,
la lluvia lastima
la heredad del que inventa
el fuego con su
sombra,
el relámpago aquel
que nos está
naciendo a todos.
Manuel
Lozano
Buenos Aires, mayo
de 2008
Este texto
principió "El Oro de los Tigres -Comunicación de Autor-",
correspondiente al 15-IV-2008 |