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Fue por el
cristal,
justo cuando un
latido que llega a lastimarte
cruza por los ojos
en un charco de
vacío -de parodia-
y sella el pacto.
Las tumbas se
extravían,
están riéndose por
toda la especie lastimada.
Un modelo
antropológico de gato embalsamado
busca el azar
objetivo, ¿pero adónde?,
se acopla con la
sombra espectral
de un cartero
llegando de las pesadillas.
Hay una aurora
violeta, erótica y sorda,
que invita a huir
por el largo
boulevard de insectos.
¡Carcajadas,
carcajadas, carcajadas,
está donándonos la
noche!
Son
particularmente rabiosas.
Desfiguran hasta
la máscara calcinante
en pleno
mimetismo.
¿Por qué debiera
el luto
ser perpetuo en
los bazares?
¿A qué repetir la
pesadumbre de cefalópodo,
la tristeza de los
muelles?
¿Y la blanca
oscuridad de la locura?
¡Ya supiera ella y
su atavío ermitaño
la total sumersión
en el vuelo!
Extraen un agua
muy carnosa de ese vientre.
Te ven llorar,
trastornarte por nilactopía
en el amor
degradado con los siglos.
Crece la jungla en
los subsuelos.
Se abren las
mandíbulas (a contraluz)
cuando muere la
madre.
También la muerte
da risa.
Tinteros de ágata
rosados
guardan el libro
del Divino Rostro en suspenso.
También la herida
da risa.
¿Dónde la esclava
y el asesino
alumbrándose sin
amparo en este nacimiento?
Sacratísima,
limpia de cascotes
el umbral.
¿Labras la tierra?
¿Embebes al
adversario con el tul de la infamia?
Sorbes, chupas,
sorbes los vestigios.
¡Digna mirada la
de estas crías!
¡El pan ya es un
bastón de cristal inexacto!
Enmaraña la
magnífica cueva
con tus dientes.
Manuel
Lozano
Buenos Aires, mayo
de 2008
-Este poema inauguro la
edición de "El Oro de los Tigres -Comunicación de Autor"-
correspondiente al 22-V-2008- |