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¿Y es preciso
partir
(ojos vendados,
mirada en Andrómeda),
hacia el arrabal
donde converge y se deforma
la cría de la
bestia?
Vuelve agravado un
idioma del mar
al mínimo
engranaje de la pesadilla.
¿Viste la
demolición, la atareada demolición
de las ciudades?
¿Oíste soplar a
las piedras
falseando el
principio de la historia?
Los albañiles
mostraban sus vísceras
como los mendigos
a pleno sol de mediodía,
como la pájara
negra
en las manos de
Santiago de La Vorágine.
Emanaciones de un
áncora de perdición.
Sinfonía de
juguetes feroces
para el recuerdo
miserable de un niño.
Hospedajes donde
el arrobamiento
abre los párpados.
¿Todavía recuerdas
cuando tu padre te
encerrara
en la fría azotea
sin más alimento
que un plato de hormigas
para comer tu
propio vómito?
Carne cruda,
dialectos de carne cruda.
¿Y es preciso
entrar con los ojos vendados
a la mansión de
misericordias?
¡Taumaturgia,
taumaturgia,
querer entrar al
vacío suntuoso, así!
Me ciegan de
servilismo estos disfraces.
Pálpitos de
muchedumbre
guardarían las
reliquias de obediencia
y la pared
y el vigía más
perverso
y el musgo
subiendo en las prisiones
y el vigía menos
perverso
y el dolor de la
llaga
y la tragedia
inalumbrable
y las tumbas bajo
la nieve
y las sogas y el
cuchillo que no saben
el enigma leproso
de su oficio
y el esporo
blasfemado en un Gólgotha sin ladrones
y la dulce
anhelación de las crines del júbilo
y las manchas de
sangre que levantan el velo
para despertar
-sólo para despertar-
cuando llega la
hora.
Manuel
Lozano
Buenos Aires,
junio de 2008
(Este texto
principio "El Oro de los Tigres -Comunicación de Autor-", del
5-VI-2008.) |