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Escuché el resplandor en
estos corredores blancos
donde es más hondo
el deseo que la muerte abrasadora
en que se pierde
tu genealogía.
Habitada en un
desierto de selvas,
la despavorida
amargura cruzará las líneas de la mano
hasta el centro
de la telaraña.
Sube la noche a
mi carne de remota tierra verde
y todas esas
frondas serán inútiles a las huellas
presagiando la
ausencia de morada, de tenaz posesión
en un tiempo
invisible, silente.
(Ningún eco es
verdad, ningún eco encarnado,
haciendo temblar
la memoria que perdimos.)
Escuché que me
arañaban las sombras como ayer,
pero sombras de
sangre, de clamor de sangre
en la sangre de
tus hijos.
¿Fuiste apartado
demasiado tarde, demasiado temprano?
Descrucificándose,
un Cristo
mira hacia el
abismo y escupe -como suele escupir-
un dios.
No quiero revivir,
no me conduzcas
por fin al agua
intensa de la pesadilla, a su rumor
de luto
ensimismado, de extraviada fuente.
Escuché que se
carbonizaban
y el aguacero fue
tragado por la arena.
Las aguas amenazan
ahora, escupen los tibios cadáveres
de todo tu
heredad.
Esta noche
desaparece, a mi paso, como un polen.
La salmodia
inminente borra piedra tras piedra.
¿Adónde la razón
de fuego con que fuiste engendrado?
¿Adónde el
manantial de tu primer diluvio, joven Orestes?
Levísimo, no te
vayas
con la lujuria
cautelosa hacia arriba:
no me arrojes más
al dolor de esta luz
comiendo del
enjambre su alimento.
Escuché cantar,
antiguamente, con el pavor
consumido de
antemano en el cuerpo que nos huye.
Era tétrica la
boca, dentelleante en su mueca.
Casi oscura, la
lluvía ardía también
como arde el
arcoiris.
¿Dónde es posible
el reposo, el aceite, la lumbre?
Escuché que en un
instante los niños fueron ancianos,
y el cielo
aceleraba un final imposible.
Perversa la fábula
y antiguo este desgarro.
Nunca, nunca es
verdad el simulacro
entre la multitud
de ojos.
¿Ni siquiera
escuchas cantar a los pelícanos?
El ala que
pronuncio ya erosiona nuestras pieles
y es inmortal.
Manuel Lozano
París, diciembre
de 1996/Buenos Aires, junio de 2008
Foto de
Kubante, en homenaje a Hermann Hesse
*"Om,
meditemos sobre el esplendor supremo del sol divino, para
que pueda alumbrar nuestros espíritus." Esta plegaria sólo
puede ser pronunciada por un sacerdote Bhramán.
-Este
poema principió la segunda parte de la "Trilogía Hermann
Hesse", del 26-VI-2008-
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