UN ANTIFAZ LLENO DE OJOS QUE HIERVEN

                                                                                   Om, tatsa viturvareyan
                                                                                   Bhargo devasya dhimahi
                                                                                   Dhiyo yo ra prachodayat*
                                                                                                            Plegaria védica
                                                                                                                    
                                                                                   Para Hermann Hesse

Escuché el resplandor en estos corredores blancos
donde es más hondo el deseo que la muerte abrasadora
en que se pierde tu genealogía.
Habitada en un desierto de selvas,
la despavorida amargura cruzará las líneas de la mano
hasta el centro de la telaraña.
Sube la noche a mi carne de remota tierra verde
y todas esas frondas serán inútiles a las huellas
presagiando la ausencia de morada, de tenaz posesión
en un tiempo invisible, silente.
(Ningún eco es verdad, ningún eco encarnado,
haciendo temblar la memoria que perdimos.)
Escuché que me arañaban las sombras como ayer,
pero sombras de sangre, de clamor de sangre
en la sangre de tus hijos.
¿Fuiste apartado demasiado tarde, demasiado temprano?
Descrucificándose, un Cristo
mira hacia el abismo y escupe -como suele escupir-
un dios.
No quiero revivir, no me conduzcas
por fin al agua intensa de la pesadilla, a su rumor
de luto ensimismado, de extraviada fuente.
Escuché que se carbonizaban
y el aguacero fue tragado por la arena.
Las aguas amenazan ahora, escupen los tibios cadáveres
de todo tu heredad.
Esta noche desaparece, a mi paso, como un polen.
La salmodia inminente borra piedra tras piedra.
¿Adónde la razón de fuego con que fuiste engendrado?
¿Adónde el manantial de tu primer diluvio, joven Orestes?
Levísimo, no te vayas
con la lujuria cautelosa hacia arriba:
no me arrojes más al dolor de esta luz
comiendo del enjambre su alimento.
Escuché cantar, antiguamente, con el pavor
consumido de antemano en el cuerpo que nos huye.
Era tétrica la boca, dentelleante en su mueca.
Casi oscura, la lluvía ardía también
como arde el arcoiris.
¿Dónde es posible el reposo, el aceite, la lumbre?
Escuché que en un instante los niños fueron ancianos,
y el cielo aceleraba un final imposible.
Perversa la fábula y antiguo este desgarro.
Nunca, nunca es verdad el simulacro
entre la multitud de ojos.
¿Ni siquiera escuchas cantar a los pelícanos?
El ala que pronuncio ya erosiona nuestras pieles
y es inmortal.
 
 
Manuel Lozano
París, diciembre de 1996/Buenos Aires, junio de 2008
 
Foto de Kubante, en homenaje a Hermann Hesse
 
 
 
*"Om, meditemos sobre el esplendor supremo del sol divino, para que pueda alumbrar nuestros espíritus." Esta plegaria sólo puede ser pronunciada por un sacerdote Bhramán.
 
-Este poema principió la segunda parte de la "Trilogía Hermann Hesse", del 26-VI-2008-

 

 

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