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Transverberación
del yo en tú, en nosotros, en el mundo
herido en la
mañana triunfante del amor.
¿Ves el salto
verídico del tigre
el frío misterial
que lacera?
Como en un
rompecabezas en cápsulas de eternidad,
eras la sombra
debajo de un aromo
donde duele un
perfume,
donde duele hasta
el viento.
Algo inscribe en
la yerma lucidez de esta noche
el sí-mismo
cercano y tiembla,
debe temblar como
un arco de violín que se suicida.
Pero crece en la
casa,
aúlla en el
silencio donde lames la cicatriz
geométrica del
viaje.
¿Pero quién se
sienta a beber su soledad
en el carruaje
oscuro?
¿A qué plaza de
marionetas
volverá
-desbordada de alegría-
la blanca sombra
de tu infancia?
Arcángeles,
dominaciones y tronos
velan en medio del
cerebro
el Juego
Sicalíptico de las Permutaciones.
Poseso el iris.
¡No te retiene ni
siquiera la arcilla,
Ibn al-Farid,
Señor de Soledades!
Hay un vestigio.
Hay un no
vestigio.
Hubo una mujer
en el umbral de
las doce puertas.
Hay un Cristo
descrucificado.
Hubo una muerte
segunda.
Hay un tercer
cielo
en la fiebre de
todo relámpago.
¿Y quién besaría
la telaraña de este linaje?
Sé que sangraste
hasta el vértigo.
¿Lloraste con tu
piel la travesía?
Antiguos perros de
presa, electrizados,
santifican a los
muertos.
Salto verídico del
tigre:
trampolín flotando
en la sustancia.
Por eso la
tempestad,
el cruel
resplandor de esta criatura.
Manuel Lozano
Buenos Aires,
julio de 2008
-Este texto
principio la tercera parte de la "trilogía Hermann Hesse", del
3-VII-2008- |