Cada rostro era un
ataúd
levantándose allí
mismo donde tu simiente no alcanza.
Entras en la
fiesta
como al sabor de
las frutas prematuramente arrojadas
del jardín de los
ciegos.
¿Qué se desvía
hacia la tierra distante?
El niño mira las
ardientes, imágenes intercesoras
de la posesión al
viento:
¡Cómo me
desfiguran, manan su agua lustral,
celebran toda
infatuación de liturgia!
Después de la
lluvia, queda el rayo.
¡Arranca de mí
esta esperanza!
¡Quiebra, Señor de
los quereres del misterio,
la vacía multitud de Burne
Jones
entre los clavos y
el mármol!
El
bosque que dibujas en la pared
promete el idioma
de una cercana dinastía.
Manuel Lozano
Fez,
Marruecos, octubre de 1998
-Este poema inauguró "El
Oro de los Tigres -Comunicación de Autor-", del 10-VII-2008-