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UNA NIÑA QUE DIBUJA LA MÚSICA
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Desde palacios de marfil te recrean
Salmos 45, 8
A la pianista Ana María Moyano Guchea |
¿En qué se ramifica ese helicoide hecho para esfinges?
En nácares de una ciudad naciente,
pruebo el sabor dulcísimo de esa divinidad
-ánima en la litera del juego y de la llaga-,
germinante.
Niña verídica en los telares de Cecilia,
alejada al fin de tinieblas,
hoy despierta la rosa azul mudable
en la piel de los puentes.
Llueve sobre el error del tiempo,
está lloviendo sobre la loca de la casa -Oh, querida Teresa,
púrpura en tu albar de poesía-,
llueve sobre los cuchillos,
sobre los almuédanos que arden
deshilachándose,
sobre las lápidas embriagadas de olvido,
sobre la hoguera que alumbrara el rostro de Debussy,
sobre el augur descifrando en las vísceras de un ciervo
el falsario porvenir,
sobre el mármol de Vincenzo Bellini derramando fiebre,
sobre la desgarradura de la especie (máscara y palabra),
sobre el parpadeo de las manos
que leen todo el mar y la noche toda,
sobre la encarnada, desnuda, diamantina
música de la sangre.
Niña verídica en el jardín que no cesa,
de verbo ad verbum.
Se multiplican los panes
y el fuego lustral cubre los fósiles.
¿Desde qué prodigios
construirías esta casa
para la fiesta feroz en que sumergen
una constelación de melancolía perfecta?
En esa casa silbarán las raíces.
Niña verídica, equinoccial,
la música es viento que sopla.
Allí están tus madres.
Aquí están tus madres
escribiendo en el iris la sonora soledad
de la Gracia, secreta geometría.
¿En qué se ramifica ese helicoide hecho para esfinges?
Te reclama y te alumbra:
soga, intemperie y ramajes, tablilla súmera, lava,
antorcha, ritmo.
Como a la niña vertiéndose entera desde el piano
con el fosfórico relámpago
que sube
y sigue y sigue y sigue
y sigue.
Manuel Lozano
París, julio de 2007/Buenos Aires julio de 2008
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