LA DUDANTE O EL JARDIN AMURALLADO

                                      Omnis qui se dubitatem intelligit, verum intelligit, et
                          de hac re quam intelligit certus est.*
                                       Agustín de Hipona, De vera religione, 39,73
 

                                    A Camille Claudel, Tigra

 

Ensañada entre las cuerdas del abismo,

su boca absorbe lo que dejas.

Dice que han de incendiarse estos trigales

como antiguamente

la más turbia arena del fin

en mi cerebro.

¿Por qué la cara y el robo

de esa memoria entre los tréboles?

La verdad, lujuriosa madrastra, inventa

un desierto oscilante para escalar

la indecible vejez de la criatura.

Padre, lámeme las heridas.

Perro, lámeme las heridas.

Madre, lámeme las heridas.

Ya las manos son agua de sangre

de la noche de quien golpea harapos.

¿Y los ríos donde perder

el amarre de tus cercos de sombra

hacia el festejo de las pesadillas?

Dijiste que despertar era increíble,

entre jirones y metamorfosis.

Así extraviaste las piedras, los ríos de mármol

como cruces en el cuerpo de tus muertos.

Hubieras reclinado tu abandono

a los dientes del pájaro.

Era fácil caer, aun sin pronunciar tragedia.

Pálido doblez de un salto

que se anuncia en la noche

y sale por la alcantarilla.

Reparte sus juguetes en el funeral

de los amordazados al latido.

Invoca temblor y abre el muelle

del filoso en la ausencia.

Aplaudirían los siervos

la voz de aquel desconocido que se borra.

¿A lo lejos los desesperados,

los que sobrevienen en ataúdes concéntricos?

Son incompletos los trozos,

las bocas, el plañido, tus trofeos.

¡Qué testigos espían desde puertas lejanas,

esos astrólogos de ojos vaciados

entre el futuro de mis crías!

Me leían en el rayo.

Ellos bailaban.

¡Cuánto fin y comienzo

del hambre hasta la saciedad del baldío!

Risas como el suicidio de una marioneta.

Padre, amante, perro, hijastra del vacío, madre,

escalofrío de tu especie, sólo adentro,

¿por qué subes a la caliente mansión

con la leche perdida de una loba?

Apenas ardió

leíste en su rostro:

Crucificada hasta el mármol

que es también la sangre,

y la palabra,

y el aullido

Manuel Lozano

París, julio de 2007

*Todo aquel que sabe que duda, comprende la verdad y está seguro de lo que comprende.

-Este texto inauguró la edición de "El Oro de los Tigres -Comunicación de Autor-", Homenaje a Camille Claudel, del 7-VIII-2008-

 

 

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