|
¿Adónde arrojar
los restos del festín-tragedia?
De unánime fervor
por el velado tesoro,
habrán subido
hasta las cumbres
con los pies
manchados por la turba.
Un agua ausente
para beber
con tanta fuerza
corre hacia el retrato.
Abajo estaba ella,
más abajo que el sueño,
María Magdalena de
Bizancio,
-entre columnas y
cariátides-
repitiendo las formas
que olvida tu
memoria del derrumbe.
Totalmente
abandonada en la inmundicia
(sobreviviente
erguida del hágase la
luz),
hiere sus pliegues
con el llanto.
¿Cómo pudiste
arrojarte a este mundo,
Madre Tenebrosa de
la Triste Locura?
Muchas veces el
jinete te buscó por los lindes del cielo
comiéndose la
carne tibia a dentelladas.
Ni de lejos
entrevimos el muro.
Acaso la tempestad
urdía su derrota
y se desmoronaba
la esfinge.
Alabada sea el
agua
que escudriña el
dolor como los ángeles.
Alabada sea esta
sopa de legumbres, hecha del agua que ha perdido
transparencia,
saciando el hambre
tentadora.
Alabado el niño
que antaño fue mi verdugo
y el sol que lo
engendró y las estrellas que vieron sus juegos.
Alabada la mayor
oscuridad develando mi cuerpo.
Alabadas las
páginas que leí o descubrí cuando fueron propicias
las constelaciones
nunca miradas.
Alabados el sueño
amniótico del feto y la larga vigilia del anciano.
Alabado el iris
que revela el amor y su caída.
Alabado
el sueño prematuro de Lao Tsé
cuya duración
corresponde a los ochenta y un años de una vida humana.
Alabados los faroles, los cántaros y un cetro.
Alabadas las
plegarias de quienes creen en ellas.
Alabadas las
palabras que curan.
Alabadas las
palabras de sangre que hoy borran las nostalgias.
Alabadas las
palabras que no curan.
Alabadas las
máscaras que parten el rostro y luego lo derriten.
Alabado el veneno
de áspides.
Alabadas las
últimas palabras (o sílabas acaso)
pronunciadas por
la vieja princesa Elsa von Freitag-Loringhofen,
palabras no
escuchadas por nadie, salvo por el demonio.
Alabado el cuerpo
de Cristo, que ni los ángeles verán
hasta el día
prefijado.
Alabados el
sonámbulo y la sonámbula que fueron Sarah Bernhardt.
Alabados sean Gog
y Magog porque adelantan el Juicio
con el polen
enfermo de las guerras.
Alabado el
exorcista León Bloy arrastrando su cadáver de fuego
como sólo puede
hacerlo un mendigo
hasta las puertas
del viejo cementerio de lápidas quebradas.
Alabadas las
larvas que aúllan en la oscuridad de los ataúdes
y abrigan un
lenguaje cifrado.
Alabada Patricia
que nunca conoció el tiempo y sus empresas,
muerta de
felicidad a los seis años.
Alabado el último
invierno que registró los juegos de la niña,
la íntima retama
menos ávida que el barro.
Alabado el vacío
dulcísimo en que dormitan los muertos.
Alabadas las manos
que supieron de sed y escalofrío
formando en el
aire el idioma elemental del arrojado.
Alabado el color
de la azucena en la espada del ángel.
Alabado el
decacordio que acompañó una tarde
la turbada voz del
hombre joven.
Alabadas las
posesiones en que cruje el dolor como un milagro.
Alabadas la
demencia de Swift y de Sylvia Plath.
Alabada la gloria
de pisar la nieve con los pies desnudos.
Alabado el que
muere de sed.
Alabada la
sospecha de una memoria yacente.
Alabado el
borrador que fuimos una tarde de este mundo,
un reflejo de
mamparas.
Alabada la canción
china que murmura:
¡Días de
verano!...
¡noches de
invierno!...
¡Pasados cien
años,
iré a su morada!
Alabada Bárbara
Hutton, llena de presciencia,
sellando las
estrechas ventanas de aluminio y dispuesta a morir
como quien ya ha
ardido demasiado.
Alabadas las
tormentas de Patmos.
Alabada la humedad
que fragmenta como un alga la pared.
Alabada la fiebre
desintegrando libros, papeles, estatuas,
vías de
ferrocarril, abarrotadas casas de un solo lado,
ascensores de
hierro, álamos encorvándose,
y después el rumor
amargo de la noche igualada con el día.
Alabada la luz que
entra y sale de los ojos como una telaraña.
Alabada la Gran
Lluvia que borrará la historia y su peso
y su lenta ficción
de vidrios rotos.
Alabado el perro
denunciando en un sueño
las obstinadas
miserias de un final de siglo.
Alabadas la sal y
las especias, oros del renacimiento.
Alabada la más
desnuda piedad.
Alabados quienes
se quedaban en casa repartiendo despojos.
Alabado un niño
sosteniendo una madeja
de hilo rubio en
Tánger.
Alabada una luna
en fase decreciente.
Alabado el
escrutante viejo de ojos blancos, arúspice.
Alabada la
plañidera Nathalie Crane, descubriendo Nueva York,
feroz y suntuosa,
descubriendo y olvidándola.
Alabadas la
vicisitud, la duda y la zozobra.
Alabado el
castillo inagotable del que mana el agua inagotable.
Alabada la piedra
lunar.
Alabada la ilusión
que crea dioses y demonios.
Alabado el
epitafio de Keats: Su nombre fue escrito en el agua.
Alabada la
conjunción “y”.
Alabada Rufina
Cambaceres, que conoció el vasto horror
de sus dos
muertes.
Alabado un
canceroso Villiers de L´Isle Adam,
conde y poeta
perdido entre autómatas de hierro.
Alabada la sonrisa
del muerto bajo la hierba.
Alabado el
sardónice, piedra de la muralla,
Gloria de Aquél
que no se nombra.
Alabada la ciudad
futura.
Alabada una
antorcha, una copa vacía, un cuervo embalsamado
en la casa del
sueño.
Alabado el humo
desprendido en la hoguera.
Alabados el
brebaje de Helena y las venganzas de Dánao.
Alabadas las
caravanas del aire, del mar y del barro.
Alabado el padre
deforme, el último.
Alabada la torre
de todos los enigmas.
Se vierten las
plagas sobre los cadáveres
y lo que ha sido
escrito se borra en un instante.
¿Cuándo acaba esta
trama de maldiciones y de abandonados?
Es visible el
misterio.
Tan sólo quería la
mayor desnudez, nunca su hora. |