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¿Qué
contorsionista llegaste a ver
en la maléfica
heredad
corriendo y
corriendo
por la siesta
nocturna de esta fotografía?
En las
Termópilas gritaste
todo es mudanza
y misterialmente.
Prisioneros del
oro, un psalmo,
la memoria
desgarrada de Edgar Poe,
la memoria
desgarrada de Lao Tsé,
la memoria
desgarrada de Lester Young.
¿Cuánta
solitaria desfloreciendo
en el hielo que
todo humo
ocultaría a tu
aullido?
Deja que te
recuerden por encima de los ojos,
en la más
ceguedad, la más exasperante
del enigma.
Luna detrás de
los ficus morados.
¿Sólo un
resplandor
-como
caligrafía insomne de la fiebre-
sobrevive a
Charlie Mingus
en la noche del
tercer cielo,
arrebatado y
andrajoso rehén?
Dénle
de comer a esa medusa.
¿Crucificarían
de nuevo
los tentáculos,
los dedos que se aíslan,
la aurora que
engendraste
en la noche del
cuervo?
Mis queridas
criaturas,
¡es un parque de
diversiones!
Ruego por el
jardín acosado de memorias
como Pía de
´Tolomei,
agasajada reina
en el claror de su matanza,
coronada en la
muerte.
Subirá la
desnudez
de musgo a
lluvia, de nemoroso espectro
a roca de agua
viva.
¿A quién culpar
después del infierno?
¿A contraluz
este mar, el cómplice, el acíbar,
la carcajada del
principio?
Acércame,
pádreme, mádreme
cuando hierve en
el cerebro
la miel sin
velos de este arca.
Manuel Lozano
París, diciembre
de 1996/Buenos Aires, agosto de 2008
(Este poema inauguró la
edición de "El Oro de los Tigres -Comunicación de Autor",
cuyo título fue "Lawrence Durrell y el Tao: ¿Ojos de la
mente?", del 21-VIII-2008) |