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Felices los que
vuelan sobre sus palabras,
porque el vuelo
late sumersión y resplandece
aun como el iris
del búho entre las ruinas.
¿Pero quién se
desvive monstruo en los alambres de mi nacimiento?
¿Qué hendijas de
carnaval
puebla una tumba
selk´nam y trabaja en la muerte
la anhelada cena
de cenizas?
Felices los que
brotan en aguas de manantial.
Todo un hiriente
mapa -absolutorio de apariencias-
regresa en la
mansión de esplendores.
La vasta nieve
se regocija por la luz,
desangra al
fin en una lágrima
el pan huraño de
los ciegos.
Felices los que
no creen ni comen de los frutos de amargura.
¿Era éste el
jardín que prometía tu fantasma, el llagado,
el ausente en
borradores de universo,
el paseante de
túnica lila diciendo adiós, nada más que adiós?
Felices los
arrebatados al éxtasis perpetuo.
Con rumores de
un nirvana de leopardo,
hay un baile
inquebrantado en estas azoteas.
Zozobran las
crías.
¿Tiemblan las
potestades?
Él vuelve como
ladrón en plena noche.
Felices los
pacientes que aman amar el amor.
El viejo Basiliv
Achimovisk, yugoeslavo, solía decirme:
-la paciencia es
un roble de raíces tan amargas,
pero da los
mejores frutos.
Ahora soplo en
la nieve
una puerta de
sed, preciosísima.
La luz se
reencuentra en la luz
para la
posesa bendición del suplicante.
Manuel Lozano
Ushuaia, ciudad
del principio del mundo, septiembre de 2008
-Este
poema principió la edición de "El Oro de los Tigres
-Comunicación de Autor-", del 25-IX-2008- |