¿Hasta dónde habrías de llegar con tu careta de abandonada prematura
en la rabiosa ciudadela?
Fiebre en el relámpago,
cavas en el jardín la fosa de tus padres.
Fiebre en el relámpago,
¿hasta aquí la feérica, la adoradora con llagas,
la bruja peligrosa en mitad del festín,
la desancantada del viento con un solsticio de velas negras?
Seis años
y nadie hay que pregunte
por qué el sol es de hielo.
Alambres para la reverberación,
¡alambres en el cerebro de la prohibida de seis años!
Cuando tu hogar liba una tumba vieja
o un tronco de álamo corriendo hasta el vacío,
te desprendes.
Lejana y alta: te desprendes.
La luna del funeral punza su piel de agonía.
Se derrite toda la memoria en un cuerno del aire
destrenzando las hojas olvidadas.
Breve latido contra las piedras.
¿Quién bailará una zarabanda
con las gastadas plumas de esta victoria?
Flor torrente, terrosa flor de oprobio,
¿quién habría de morir con semejante muerte?
Sangren del corazón de esta magnolia,
ténsenle el dolor para que pierda
su savia feroz en aguas de diluvio.
Carnicería has legado a tus pródigos sangre malvada,
sangre desierta,
aurora del presagio cuando husmean los perros
y el jinete llega.
En el fondo del pavor
mojas la sed que ha repetido tu incansable llanto.
No hay pájaros del cielo para la limosna.
¿Cómo se busca la sangre, con qué amor se busca?
Siempre es otra la cicatriz escondida,
la que duerme de espaldas a los escalofríos y crece,
crece en los desechos de una mansión.
¿Y por qué las letanías de una divinidad
fueron sólo palabras?
¿Misericordias en el cine de esta jungla?
Tormenta y fábula.
La desconocida se detuvo.
Manuel Lozano
París, 2009
(Este poema principió "El Oro de los Tigres -Comunicación de Autor", edición temática: "La música como dramatis personae: desde lo diegético e incidental hasta la conciencia del texto -Parte III-", del 3-IX-2009)