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Ya lo sabes, ya
lo habrías de saber:
en estos obstinados dominios se desmorona el llanto.
Llueve. Dócil, la carcomida ceniza
sucumbe como un ruego en mi boca de esfinge.
Del otro lado del diluvio -de sus jerarquías tan crueles-
ves -al fin- la entrada.
Se abre.
-Es del amor siempre el crimen.
Llega ataviado de extraño pasajero
al infierno de mi melancolía-.
Parece abrirse el pétalo verdinegro, caníbal.
¿Por qué los cuerpos desmembrados
ríen doblemente al abandono?
¿Así enarbolas la herida intocable de tus padres,
enamorada y persistente en su trono de reina?
Zumba el aguijón en medio de la feria.
(El acróbata nos mira.)
Altas lombrices contra los hierros
prueban el agua, solísimas,
como antes del agua.
(El acróbata nos mira, el amamantado por alambres.)
Aun así, duelen las hojas de estos pinos
en la hora feroz del balbuceo.
¡Tanto vuelo
indiviso, tanto ayer en borrador
golpeando debajo de las tumbas!
¿Pero no lo veían tus ojos, tu esplendoroso vacío,
como vieron el triunfo de aquél que no se nombra?
Las alas se incrustan en mi espalda
con cartílagos, con sangre y con uñas. Río.
Ríes.
El pico escarba la seda oscura de todo desamparo
con aceite hirviendo de la profanación.
-Celebro mi cacería de memorias mientras duerme el testigo.
El rostro de amor fue heroico en su tragedia. Me adhiere.
Vuelve a encarnarse cada noche:
es que viene para ser reemplazado-.
Suenan las compuertas a través de los huecos de espejo
entre ruinas burlonas.
Raspa el viento
la amarilla flor sin sosiego de los dioses,
la moradora tenaz de mi agonía.
Ya no hay llagas para congelar en la caverna.
El último letargo se divierte en el rocío.
¿Que jinete venerable, gracioso, bruñido,
ofrece el pan de la paciencia ante el relámpago?
Parece detener de cada aroma los estigmas.
Lamo claridades, lamo intersticios.
En esta madriguera, como un crucificado,
el hombrecillo francés está gritándome en la puerta:
"-Ni la muerte ni el sol pueden verse de frente."
¿Qué anida dentro del cedro apollillado de esa cruz?
¿No aullabas de placer ante la aurora?
Con las manos atadas, fosforado y feliz,
llevo ceniza a tu tatuaje.
Manuel Lozano
París, Musée Gustave Moreau, 15 de septiembre de 2004
(Este poema inauguró la edición de "El Oro de los Tigres
-Comunicación de Autor-", del 16-X-008)
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