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Telaraña del dios
rabioso bajo la piedra.
Solar esta dicha,
esta heredad
en la
suntuosa pobreza de los siglos.
Robert Frost,
¿nunca llevas
flores
al cachorro de tu
lastimadura?
Abierta boca del
hierofante,
prometida y
castigada,
castigada y
prometida en honor al misterio.
¿A qué este
manantial en el pórtico,
escaleras abajo?
Aguas blancas
-hirvientes-
lloran la caída.
No es un sitial de
velos
el que te
prometen.
Una antífona se
escucha en el reino.
¡Noche, noche
ígnea,
relámpago
amamantado por alambres!
Nadie te retiene,
Robert Frost,
cuando ofrendas tu
carne
a los dioses del
tigre.
Pasé a través del
intersticio
y había una
certeza,
y era el umbral de
la abundosa locura.
-¡Umbral,
atrápame!-, decías con el cuchillo
de esta luz que
parpadea.
-¡Robert, Robert
Frost!- te contestó algún eco.
Flamígera bailarina entre las tumbas,
hubiste de
arrastrarte como oro viejo
para llegar a la
tierra.
Mordiente Oniria,
prometida Oniria,
cierva seductora y
raíz,
te vimos desde
lejos
fermentando la
savia que salpica, el ácido.
¿Nunca llevas
flores al cachorro de tu lastimadura?
Manuel
Lozano
Ushuaia,
septiembre de 2008
(Este poema
pertenece a la serie "Piazzollianas -Vertílego", habiendo sido
escrito especialmente para "Panic" de Astor Piazzolla. Principió
la edición de "El Oro de los Tigres -Comunicación de Autor",
del 9-X-2008) |