La cabeza
rueda y rueda por la fábrica de disfraces
y no hay
dulcedumbre en la columna de hierro.
¿De qué muerte
me hablarías, Reina Esfinge?
¿De qué impío
y temerario cachorro
lamiéndose
esta sombra?
Hiriente, atroz,
elipsoidal,
una lámpara
vela por nosotros
camino a la
isla,
la rosa azul
mudable de Judea
que nadie verá
hasta la hora
del viento.
¡No me hablen
de memorias,
esos gusanos
del incesto!
¡Judy, Andy,
Judy,
pero qué
resplandece en esta cueva!
Desperté en un
alarido.
Canté en
alaridos
la vasta
migración de la infancia,
la porfiada
del espejo,
la hijastra de
Caín,
¿la ciega?
Alaridos.
Quiero olvidar
en un glaciar
la empuñadura
de una llaga.
No hay
lástimas en el crepúsculo:
el crepúsculo
es una puta traicionera.
A veces la
criatura vuelve a su desierto
como el pintor
a su tela de abandonos.
Hoy cantaré el
júbilo en palacio.
¿Lo sabías?
¿Al fin te
abres a la madriguera,
escupes sobre
tus ojos barro y miel?
Hoy cantarás
un júbilo de oro,
venderás la
vergüenza a cualquier alimaña.
¿Y esta
procesión de diamantes?
Manuel Lozano
París, agosto
de 2007
(Este poema
inauguró "El Oro de los Tigres -Comunicación de Autor-",
del 30-X-2008)