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Sumergiendo
fuego hasta en lo efímero,
tallo una flor
hecha de vértigos
para la danza
ciega -ciega como la noche-
donde despliego
mi máscara de faisán
arrancada a un
dios que no conozco,
pánico y mito.
Sumergiendo
fuego hasta en lo efímero,
palpo los
vestigios del centro tajeante
de todo corazón
en los muelles
del planeta.
¿Cada rostro
invadiría este antifaz
con su lengua de
áspid, con su ácido,
con la
reverberante carcajada de vivir?
Por este boulevard
encuentro edades, viejas emperatrices,
calcomanías,
las pestañas en llamas de
Joan Crawford que no quiere irse,
que no debe
irse.
Nada más sé que
arder en las palabras,
y las palabras
no cesan,
y fascinan,
y miserian amor,
y se abren
-pacientemente- al cristal.
¿Quién confabula
desde mi nacimiento?
¿Qué bailarina
recorre los jardines
como dríade
posesa al borde de las fuentes?
Nunca temí
entrar,
saborear el
festín en pleno bosque.
¿Letárgico el
mundo?
¿Oscureé la
oscuridad?
Hay un sudario
lastimado en cada hombre:
deslumbran los
nadie que fui en nosotros
con desesperado
abismo
hasta la risa.
La Tigridad está
encarnándose en la casa,
desde lo
profundo afiebra
su lastimadura,
consagración y
conflagración.
Ávida
persuasivas del siglo,
brillan las
caras de las tejedoras
en la noche
desnuda, zurcidora del enigma.
Aunque me
ausentes, yo sabré amar el amor
aun en la más
delictuosa alcantarilla.
Nunca temí
entrar.
Sumergiéndome en
un sol invisible,
doy de comer a
mis cachorros
pequeñísimas
lenguas de cenizas.
Insaciada
Tigridad,
hija de un tigre
y de la máscara que hoy elegiste,
¡cómo te
multiplicas
antes del alba!
Manuel Lozano
París, julio de
2007
(Este texto
inauguró la edición de "El Oro de los Tigres -Comunicación
de Autor-", del 13-XI-2008, Ciclo "Grandes Creadores
Argentinos: Homenaje a Duilio Marzio - Trilogía Duilio
Marzio y el cine -Parte I-") |