INCANTACIONES CON PEQUEÑA ESFINGE GUARDIANA
Cuando el animal oyó las risas interrumpió sus intentos.
          Fue a sentarse lentamente junto al cadáver de su pequeño, y
                                                                                     comenzó a lamerlo como si aún estuviera vivo.
                        
                                                                                         Bram Stoker, La Squaw
                                                                                         A Leonor Fini
¿Qué purísimo custodio
redime a las crías de su herencia
y de las bienaventuradas posesiones?
Hubo una reina entre los moribundos.
Dijo tener piedad de los que huyen y viven
a costa de grandes renunciamientos.
 
  
Con inefable obediencia,
la lluvia de oro caía entre sus vestiduras
deshabitando cristales, socavando el mundo.
Habría aparecido en el pabellón de las borrascas.
La limosna es su herencia.
Vástago fiel de la amargura,
¿en qué tiempo ascendiste con frutos de resurrección,
junto al llanto de Herodes y el goce musical
de Daniel en el foso?
Has oído los pasos,
los crujidos,
mil clavos dentro de ataúdes concéntricos, 
las feroces alabanzas
-allá-
donde los cuerpos se derrotan.
 
  
La estruendosa marea de las procesiones
te rehace ilimitada en promontorio de cenizas.
Todo sudor ya ha caído.
La consagración del felino sagrado
sube como orgía
hasta el tercipelo de muerte,
la boca de Monelle. 
¿Cuándo volverías a ser tú misma,
otra vez la desangrada, la milagrera.
la que recoge ofrendas
de un nido de polillas para nadie?
 
 
Hay una imagen, como inscripción rupestre,
sobre el rostro vulnerado.
Nada te cubre de la mano que enfría,
del asco que pervive.
¿De qué llagas del amor hubiste de engendrarme
-entre los filtros del volcán y la estepa-
cuando los trenes repletos de gentes hacinadas
parten de la inenarrable estación
hasta el comienzo?
¿Y quién murmuró que era yo aquel Hijo:
Hijo del dios,
Hijo de la estrella matutina?
  
 
No iría hacia el bosque
con el mensaje encantado en su plegaria.
Has visto el retrato en la carcoma,
mutilado en el altar de tu siervo.
Ahora entraste en la grieta.
Preparan la capitulación.
Un solo pájaro deja que el fuego suba por mi vientre.
Oyes telarañas arrancadas del sudario.
Mi demencia es de otra especie,
no admite dilaciones en la hora del juicio,
ni gastados ciriales, ni encías dispersas
para antiguas moribundas.
 
  
 
Tampoco fui la estatua exhumada
entre mínimos repudios de letrina.
El trono nunca me sostiene.
Me arrastra en círculos de esperma
hasta descuartizarme después.
Extraordinariamente.
 

MANUEL LOZANO

Bahía de Todos los Santos, enero de 2OOO/París, 2007
  
(Este poema inauguró la edición de "El Oro de los Tigres -Comunicación de Autor-", Leonor Fini o cómo desangrar esfinges, del 23-X-2008)

 

 

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