¿Qué purísimo custodio
redime a las crías de su
herencia
y de las bienaventuradas
posesiones?
Hubo una reina entre los
moribundos.
Dijo tener piedad de los
que huyen y viven
a costa de grandes
renunciamientos.
Con inefable obediencia,
la lluvia de oro caía entre sus
vestiduras
deshabitando cristales,
socavando el mundo.
Habría aparecido en el pabellón
de las borrascas.
La limosna es su herencia.
Vástago fiel de la amargura,
¿en qué tiempo ascendiste con
frutos de resurrección,
junto al llanto de Herodes y el
goce musical
de Daniel en el foso?
Has oído los pasos,
los crujidos,
mil clavos dentro de ataúdes
concéntricos,
las feroces alabanzas
-allá-
donde los cuerpos se derrotan.
La estruendosa marea de las
procesiones
te rehace ilimitada en
promontorio de cenizas.
Todo sudor ya ha
caído.
La consagración del
felino sagrado
sube como orgía
hasta el tercipelo de
muerte,
la boca de Monelle.
¿Cuándo volverías a ser tú
misma,
otra vez la
desangrada, la milagrera.
la que recoge ofrendas
de un nido de polillas para
nadie?
Hay una imagen, como inscripción
rupestre,
sobre el rostro vulnerado.
Nada te cubre de la mano que
enfría,
del asco que pervive.
¿De qué llagas del amor hubiste
de engendrarme
-entre los filtros del volcán y
la estepa-
cuando los trenes repletos de
gentes hacinadas
parten de la inenarrable
estación
hasta el comienzo?
¿Y quién murmuró que era yo
aquel Hijo:
Hijo del dios,
Hijo de la estrella matutina?
No iría hacia el bosque
con el mensaje encantado en su
plegaria.
Has visto el retrato en la
carcoma,
mutilado en el altar de tu
siervo.
Ahora entraste en la grieta.
Preparan la capitulación.
Un solo pájaro deja que el fuego
suba
por mi vientre.
Oyes telarañas arrancadas del
sudario.
Mi demencia es de otra especie,
no admite dilaciones en la hora
del juicio,
ni gastados ciriales, ni encías
dispersas
para antiguas
moribundas.
Tampoco fui la estatua exhumada
entre mínimos repudios de
letrina.
El trono nunca me sostiene.
Me arrastra en círculos de
esperma
hasta descuartizarme después.
Extraordinariamente.