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La Verónica abandona una
máscara
cuando grita -férvidamente-
su desnudez.
Nadie escucha la sangre,
pero la sangre concede.
Ves a los condenados,
apenas una sombra entre las rocas,
y se llenan de pus las
llagas
como jirones, como restos
de agujas, como maniquíes
vociferando en la cabeza
del dios
(desde el siglo y hasta el
siglo)
el sacramento de la rosa
purpúrea.
Arca, vaso, morada,
custodia:
¿qué fue del día amenazante
de tu eternidad,
aquél que socavaba el soplo
pestilente
de la misma, otra sangre
que pregunta
por el circo y la esfinge?
Hube descendido al
relámpago.
¡Anidé la más teatral de
las genealogías, comí su fiebre!
Manantial y tabú,
¿qué irisación flota en la
fragancia?
Manuel Lozano
Villa Santa
Lucía de Syracusa, enero de 2009 |