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I
Música en el
comienzo, música en la fiebre,
música en las
palabras de la fiebre.
El violín
abismaría sus cuerdas
como una
bienvenida en las escarchas de esta mansión
como un tajo de
Babel horadando
fábula y
desmemoria, tan verídicas.
¿No es ciega
cada mirada detrás del velo?
¿Hasta dónde el
decorado erróneo y centelleante
de la vigilia?
II
Van muy lejos
estas garras.
Llega amniótica
la empuñadura de ser
y estar danzando
en mitad del derrumbe,
y estar comiendo
las cenizas de las sobras
del banquete de
Dios en cierto infierno.
¡Basta de
animales esquivos
contra el
suspiro de una falsa revelación!
Aquí estás
palabra, con tu derrota opulenta,
con tus pequeñas
y ásperas victorias.
Hoy te amordazo
con lastimaduras
cuando acecha el
veneno
y la luz te
corona con gardenias.
Aquí estás
palabra,
¿me escuchas en
la sortílega envoltura
de esta
infinitud que vive ardiendo?
No hay porvenir
ni descanso
en este escorial
abandonado al diluvio.
III
Porque llego a
la renuncia de sal
es que pregunto.
Un océano de
nieblas muerde en cada boca.
¿Y por qué
ladrona y guarida siempre
del alfabeto
perdido?
¿Una jaula, la
mínima, la desangrada
salió en busca
de su pájaro?
La
transfiguración ineluctable derrama en el agónico
un manantial de
antiguas vidas.
No hay
servidumbre en la rosa azul mudable,
aunque gotee
en la imaginación
un tráfico
de espectros y rompa el símbolo
de lo visible.
Desde antiguo he
traficado con rosas,
¡el pérfido
misterio de lo visible!
IV
Mathew Arnold
escribe sobre sus llagas
palabras robadas
al temblor,
palabras que no
deben pensarse.
Ellas se prueban
la cruz
justo cuando las
crías de Caín pasan tristísimas
por el desierto
atroz de la historia.
(Se tatúan la
cruz en las espaldas
preguntan por el
hombre, parodian sus miserias.)
¿Y quiénes son
tus sobrevivientes?
Medea del
incesto, la memoria.
Tigra de sed en
plena hoguera,
la imaginación
de la tribu.
V
Aún cuando
siempre
el resplandor
trasvasa las pulpas de agonía.
-Siesta-tribulaciones del cuerpo-bisbiseo y raíz-.
Aún cuando
siempre
el telar,
el palacio,
el descenso.
La llanura como
una mano abierta.
VI
La asfixia ha volado con la
herrumbre del sueño.
Mi idioma es
esta lluvia sin doblegar
en el jardín de
música extremada.
¿Hay hojarasca
aún en el espejo? Sí.
¿Lamiste
escalofrío en este catecismo de la noche primera? Sí.
¿Con qué
aullidos desafiabas al cortejo de sonámbulos?
Fortaleza,
relámpago, hervidero de la duración:
aquí las
artimañas -como enredaderas feroces- para confabular
presencias,
para invadir la
esfinge que te llora.
para arrancar de
mis ojos el diamante, todo el diamante de Dios
a puñaladas.
Manuel Lozano
Isla de Pascua,
enero de 2009
(Este texto fue
leído por Manuel Lozano en la video-conferencia organizada
por Daniel Mariscal, conductor y productor de "Bajo Fondo
Radio Club", el 17 de febrero, en la Pontificia Universidad
Javeriana de Cali, Colombia.) |