BLUES DEL DESPERTAR (QUE NO DUELE)
 

Días como carbones encendidos en niebla, horas finales en que las mordazas de los muertos se desprenden para una revelación.

Murmullo entre los dátiles, un vuelo de águila sobre piedras calizas. La tierra está habitada por el viento de los años. Sangra, sangra, sangra.

¿En qué danza maldita te amparan los gusanos, la herencia ruín de gusanos sobre la espuma de esta bacanal? Falso, falso, falso.

En las colinas medías descaradamente la fragilidad del instante. El mundo era una suma insaciable de peregrinos y adioses guiados por la sangre. ¡Corran a las ventanas! ¡Suelten las sogas! ¡Abran los albergues suntuosos trazados con la caligrafía que parece muchas y es una, sonora anunciación!

Vaticinio en las cornisas. Parecen irse aquellos, continuamente próximos pero desgastados, a un refugio sin misericordias. La fornicación puede ser una sábana vengadora, eléctrcamente usurpada.

¿Ves cómo sube la carne de nuevo hasta mis huesos? Hazla entrar con el ácido aroma de los pinos y las costillas tantálicas en los arrozales del hermoso país.

Si hubiera sabido de un colibrí inmortal, si hubiera visto la reverberación de los pantanos, si hubiera espiado el gran banquete de mis abuelos muertos, ¿qué puntiaguda flor volvería a caer sobre mis párpados?

Manos enguantadas, cruelmente visibles en los ojos del recién nacido.

Así fue. ¿Descansas ahora? ¿Eres huérfano de tiempo y tiempos y la mitad del tiempo? Besas la cima del torreón de este viaje­. ¿Pero descansas de las redes de sangre y sus traiciones? También aquí hierve el hechizo de una herida.

 

Manuel Lozano, París, 15 de junio de 2009
(Este poema inauguró la edición de "El Oro de los Tigres-Comunicación de Autor", del 2-VII-2009)

 

 

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