SACRIFICIAL
 

Sopla el viento en las cenizas. Ya no es un lobo el que llamo, el que me pertenece. Tampoco un perro con lágrimas de vidrio en el orfanato de las certezas.
¿Otra vez?
¿Y comías la gangrena alrededor de este patíbulo verdoso?
 

Otra vez habían inventado la caliente máquina del escalpelo y el zumbido.
¡La lumbre, la sábana, la raíz nupcial en el muro!
Llegaba a esa noche, alevoso escarbando sobre la isla pintada en mi cerebro, carroñero de un disfraz de colibrí que nadie desvierte (salvo mi sombra), sangrador de la lluvia cautiva hacia la infancia.
 
 
¿Presente y sagrario fulgurante como crujidos? ¿Ventanas con hormigas que deben bañarse en las curtiembres de la luz, hilo tenebrante -súbito- en el corazón de la tortura? El desenterrador es guerrillero; sus hijastros construyen monasterios con cráneos de tigras.
 
 
Dicen que las figuras nacen de la ilusión; arrastran y reverberan una espuma de mártires, lamen del saqueo; cantan con risas de arrobamiento el terror de la hoguera; contagian, es decir tatúan.
(Hay quienes adoran mi cara beatífica. Es cierto: de este reinado nunca más podrán anhelar su oro y su veneno,  porque los bebo cada tarde.)


Manuel Lozano

Edimburgo, 30-VII-2004/Le Cateau Cambrésis, 2009
 
(Este poema principió la edición de "El Oro de los Tigres -Comunicación de Autor", del 16-VII-2009)

 

 

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