Migajas en el desierto
donde siempre es de noche, reconociendo al amante
en las hogueras iguales a sí mismas,
sortílega
junto al vasto escalofrío que viene de la niebla.
¿Pero quién deja eternidad a su paso?
Impronunciables estas punzadas de quien se llora
hipnótico desde su porvenir caníbal.
Cuando comprende al fin su origen,
cuando no cesa de arder (vuelto piedra, vuelto magnolia, vuelto quejido),
ávidamente se disuelve.
Dejas eternidad sobre la palma de mi mano.
¿Con qué ojos abandonaré estos ojos de la sal del planeta,
de la niñita deslumbrada del pantano -todavía sumergida-,
de las granjas, de las tumbas, de las chimeneas, de los muelles,
de los hospitales corriendo hasta el vacío?
Tan suya era la fiesta escondida en el latido lujuriante,
cubierta por telarañas que miran desde el fondo
(y ya no es telaraña, y no es velado cielo en la crepitación de las hojas.)
Abres las pequeñas raspaduras.
Un puñado de tierra -arrojado al éxtasis del cuervo-
velará un instante en el presente continuo de estas fundaciones:
carnicerías talladas en el humo,
agua viva para la soledad en ocre y negro,
cada llave para abrir la máscara de Nínive en declive
(hecha de juncos y lluvias amarillas de un futuro nacimiento.)
Sí, llueve minuciosamente sobre el alabastro
de la tumba que desciende con pavor a los infiernos,
como aquel Cristo de boca sedientaa golpes de arpón en la primera mañana
Maldije ese tiempo, pero inscribí los nombres.
Era el camino ardiente en un país que estoy llamando.
El diluvio engañoso liquidaba el sueño de los hombres, su calavera,
desmelenándose sobre la cicatriz tardía.
-¡Basta de encerrar un mundo, basta de encerrarte a este mundo!- me dijiste-.
Invoco.
De este lado albergan la fisura.
Invoco a los roquedales, a las plantas, a las tigras de la noche y del día,
a los mártires, al aire más frío de esta casa.
Invocas.
Siempre invocas.
¿Y quién me contesta: “ya no habito esos lugares”?
Entre el deshielo y el óxido ríen tus muertos,
los muertos de altos sombreros con su vieja caravana de nubes.-
Estoy seguro de dormir del lado de la sangre-me revelas-.
¿Y cómo ceñirás la corona en su cabeza de larguísima luz?
Escuchas quemar la forma de las flores extinguidas,
junto al circo de niños que viaja sin descanso
como enlutado al alba.
En esta boca albergo lobos
y me celebran;
albergo plagas
y me celebran;
albergo muchedumbres y lenguas
que celebran el reino de tu hambre.
Ves a la fulgurante, la desposada, la preciosísima
ciudadela.
Te acercas ahora hacia nosotros
con el quieto esplendor del que entra en su piel.
Manuel Lozano
París, fines de junio de 2009
(Este poema inauguró la edición de "El Oro de los Tigres -Comunicación de Autor", del 23-VIII-2009)